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Microplásticos: Caballos de Troya

Yanel Blanco Miranda
07 junio 2026 | 0 |

Foto: tomada de microservice.es


“Lo esencial es invisible a los ojos”, decía uno de los personajes del libro El Principito, de Antoine de Saint Exupéry, para referirse a la belleza y bondad del alma. Sin embargo, en el siglo XXI esa frase ha cobrado un nuevo cariz, pues lo que no vemos también se ha convertido en algo potencialmente letal.

En las últimas décadas, el uso masivo de plásticos ha generado una creciente preocupación a nivel global. Un reporte publicado en 2021, por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), subrayaba que estos son “la fracción más abundante, nociva y persistente de la basura marina, y representan al menos el 85 por ciento del total de esos desechos”.

El documento planteaba asimismo la posibilidad de que los flujos de estos residuos hacia los ecosistemas acuáticos casi se triplicaran, “pasando de unos 11 millones de toneladas en 2016 a unos 29 millones en 2040”.

Sin embargo, la inquietud más reciente está relacionada con los microplásticos, partículas de menos de cinco milímetros que se desprenden al degradarse los grandes fragmentos de plásticos, y que colonizan ya desde las nieves del Everest y las fosas más profundas del océano, hasta el torrente sanguíneo de distintas especies, incluyendo la nuestra.

Debido al daño que provocan tales fragmentos a los ecosistemas y la fauna que los habita, así como a la salud humana, en el Centro de Estudios Ambientales de Cienfuegos (CEAC) se llevó a cabo una investigación con el propósito de identificar la presencia de estos microplásticos en diferentes matrices (agua, biota y sedimento) de la bahía de esa provincia. 

Según la M. Sc. Arianna García Chamero, investigadora agregada del CEAC, el objetivo de este primer estudio nacional (2020) fue evaluar la ensenada como un sistema modelo, representativo de ecosistemas costeros cubanos, bajo fuerte presión antropogénica.

Esto posibilitó, asegura la autora principal del trabajo, que se generara “una línea base científica integral”, que fundamentara “estrategias de conservación y manejo sostenible aplicables a otras bahías del país.

“La selección del lugar se justificó por su alto valor ecológico, económico y cultural, dado que alberga una biodiversidad marina que constituye el sustento de numerosas comunidades locales.

“Asimismo, por su elevada exposición a impactos provocados por el ser humano, debido a la proximidad de zonas industriales, portuarias y urbanas, y por sus condiciones hidrográficas particulares al ser una cala semicerrada (de bolsa) con renovación limitada, lo que la convierte en un laboratorio natural ideal para estudiar procesos de acumulación y transporte de contaminantes”.

La M. Sc. García Chamero, plantea que a esto se suma la existencia de antecedentes “documentados de contaminación orgánica, metálica y biológica”.

Por el mar…

La presencia de los microplásticos se diluye en el paisaje cotidiano hasta volverse estéticamente inexistente. Lo que comienza como un residuo lejano termina convertido en un ingrediente más de la cadena trófica, y así lo reflejó la investigación realizada en Cienfuegos.

La evaluación integrada de tres matrices ambientales permitió hacer, al decir de la especialista del CEAC, una “caracterización holística del estado de contaminación, al combinar información sobre la exposición actual (agua), histórica (sedimentos) y los efectos biológicos (biota)”, lo cual fortaleció la interpretación ecológica y la toma de decisiones en cuanto a la gestión.

El estudio fue llevado a cabo en 14 estaciones ubicadas en la bahía de Cienfuegos. (Foto cortesía de la entrevistada)

Al referirse a las pruebas realizadas en el agua superficial, la M. Sc. Arianna García dijo que, aunque esta refleja la polución presente en un momento dado, proporcionando datos sobre la fracción de microplásticos biodisponible para los organismos pelágicos, su carácter dinámico limita su capacidad para registrar eventos pasados.

“Mientras que los sedimentos actúan como un archivo histórico o memoria ambiental del ecosistema, ya que acumulan contaminantes hidrofóbicos y de baja movilidad (como metales pesados y compuestos orgánicos persistentes).

“Esto permite reconstruir las tendencias temporales de ese daño, además de representar una vía de contagio secundaria para la fauna bentónica, mediante resuspensión o ingestión”.

En cuanto a la biota, “esta integra la exposición real a través de la cadena trófica, revelando procesos de bioacumulación y biomagnificación de contaminantes”.

Un aspecto importante a tener en cuenta cuando se habla de microplásticos es saber de dónde provienen. Al respecto, la investigadora aclara que la forma de estos constituye una huella morfológica clave para inferir su origen, “aunque su interpretación debe integrarse siempre con el análisis de la composición polimérica y el contexto de fuentes locales.

“Por ejemplo, las fibras, caracterizadas por su relación longitud/ancho elevada, suelen asociarse a vertidos de aguas residuales domésticas e industriales procedentes del lavado de textiles sintéticos (poliéster, nylon, acrílico), a la degradación de redes y cuerdas de pesca, o a la deposición atmosférica de partículas provenientes de la erosión de neumáticos y materiales de construcción”.

Aunque no todas suelen ser de origen textil: pues los procesos de fragmentación mecánica de plásticos mayores bajo tensión, pueden generar morfologías alargadas simulando filamentos.

Por otro lado, los fragmentos con formas irregulares y bordes angulosos o desconchados son indicativos típicos de la degradación física, química y biológica de envases rígidos, bolsas, tapas y otros productos plásticos de un solo uso, sometidos a la acción del sol (fotodegradación), el oleaje y la abrasión con sedimentos.

Un dato curioso es que cuando estas piezas presentan bordes redondeados y superficies erosionadas, se debe a que su tiempo de residencia en el medio marino ha sido prolongado.

La presencia de films (láminas delgadas), esferas primarias (microesferas de cosméticos o pellets industriales) y espumas (poliestireno expandido) permiten afinar aún más la atribución de fuentes, pues los primeros suelen vincularse a bolsas y embalajes agrícolas, mientras las esferas a vertidos directos de procesos industriales o productos de cuidado personal y las espumas a materiales de empaque y boyas de acuicultura.

En el caso específico de la bahía de Cienfuegos, el muestreo realizado a 14 estaciones, con el fin de abarcar toda la ensenada, arrojó que “la predominancia de fibras y fragmentos, junto con la identificación de polímeros como polietileno, polipropileno y poliéster, sugiere un aporte mixto donde convergen vertidos urbanos, actividades portuarias e industriales, y la degradación in situ de residuos plásticos mal gestionados.

“Por lo que, aunque la morfología orienta la identificación del origen, poder precisarlo con firmeza requiere un enfoque multivariado que combine forma, composición química, patrones de distribución espacial y análisis de fuentes potenciales en el área de estudio”, asegura la M. Sc. García Chamero.

Esos resultados también demostraron que las estaciones más próximas a la ciudad y al polo industrial tenían niveles significativamente más altos de microplásticos, pues son las asociadas al “vertido de aguas residuales urbanas e industriales sin tratamiento adecuado, a las actividades portuarias y de navegación que generan residuos de redes y embalajes, a la escorrentía superficial desde zonas urbanas que arrastra plásticos de un solo uso, y al aporte de ríos como el Damují y Salado, que actúan como vectores de transporte de contaminantes”.

Hallazgos

La ingestión de microplásticos por parte de la fauna marina es uno de los problemas asociados a la presencia de estas partículas en los océanos, porque en muchos organismos los mecanismos de alimentación que poseen no les permiten discriminar entre el alimento y esos pequeñísimos fragmentos.

La M. Sc. Arianna García explica que eso se debe a que “esas partículas de polímero, en especial cuando están colonizadas por biofilm microbiano, emiten señales químicas y presentan características físico-químicas (tamaño, forma, flotabilidad) similares a sus presas naturales (fitoplancton, detritos), lo que induce a un error sensorial durante el proceso de selección alimentaria.

“Las consecuencias fisiológicas de esta confusión incluyen efectos mecánicos como obstrucción del tracto digestivo, abrasión tisular y reducción de la capacidad de absorción de nutrientes.

“De igual forma, causa una falsa sensación de saciedad que disminuye la ingesta real de alimento, lo que provoca déficit energético y menor tasa de crecimiento, entre otros daños”.

El Perna viridis (mejillón verde) es una de las especies que, por su condición de organismo sésil y filtrador obligado, no puede evitar la exposición a contaminantes en la columna de agua y facilita la incorporación de microplásticos y otros contaminantes en sus tejidos. De ahí que los especialistas del CEAC lo hayan examinado para medir el impacto biológico. 

El Perna viridis o mejillón verde fue sujeto de estudio con el objetivo de demostrar que los microplásticos presentes en el agua ingresan a los tejidos de organismos vivos. (Foto tomada de: www.olhardigital.com)

El mejillón verde constituye, de manera adicional, un “bioindicador práctico y representativo para el Centro, al estar previamente validado en el monitoreo de elementos como mercurio y organoclorados”.

El estudio realizado a este molusco fue vital para confirmar que los microplásticos presentes en el agua ingresan a los tejidos de organismos vivos, “al demostrar la presencia constante de estas partículas en P. viridis” en todas las estaciones donde se recolectó y en los periodos evaluados (seco y lluvioso)”, explica la M. Sc. García Chamero. 

Asimismo, los niveles registrados en el mejillón verde “superaron ampliamente los reportados en la literatura para especies similares del género Mytilus en Europa, lo cual subraya la magnitud de la exposición en este ecosistema”.

Otro de los resultados expuestos por la investigación de 2020 fue el nivel de partículas de microplásticos (49 mil 562), halladas por cada metro cúbico durante el periodo seco.

Si bien “esta concentración sitúa a Cuba entre los valores más altos reportados para aguas costeras en el Gran Caribe, no es necesariamente por estar más contaminada que otros países, sino porque la bahía actúa como un punto caliente de acumulación.

“Para una persona no científica, esta cifra significa que en cada vaso de líquido de ese sitio podría haber cerca de diez fragmentos de plástico del tamaño de un grano de arena”.

El riesgo está en que estos pueden ser ingeridos por organismos marinos como mejillones y peces que los confunden con comida, lo que facilita “la transferencia de contaminantes tóxicos absorbidos hacia la cadena alimentaria con implicaciones potenciales para la salud humana, a través del consumo de esos productos”.

Para Arianna García, esta es una señal de alerta, pues los valores encontrados “nos dicen que los plásticos usados y desechados en tierra terminan en el mar, fragmentándose en pedazos invisibles y entrando en la cadena de vida que sostiene nuestra alimentación y la economía”.

La M. Sc. Arianna García dijo que fueron analizadas tres matrices ambientales: agua, biota y sedimentos. (Foto cortesía de la entrevistada)

“La ventaja es que, al identificar el problema con ciencia rigurosa, podemos actuar y reducir el empleo de plásticos de un solo uso, mejorar la gestión de residuos y proteger los ecosistemas costeros para las futuras generaciones”.

Al preguntarle, ¿cuál debería ser la prioridad después de contar con estos resultados: la limpieza de las costas o la regulación en la fuente de origen?, la investigadora dijo que esta apunta a la necesidad de intervenciones preventivas.

“Mejorar la gestión de residuos sólidos en las ciudades, tratar las aguas residuales antes de su descarga, regular los vertidos industriales y controlar el aporte fluvial de plásticos desde el interior de la cuenca.

“Si pudiéramos observar el océano con ojos de microscopios, hoy en nuestras playas veríamos una sopa invisible de partículas plásticas de colores y formas diversas.

“Fibras textiles, fragmentos angulosos, filmes translúcidos y microesferas flotando en el agua, incrustadas en la arena y siendo ingeridas por organismos que forman la base de la cadena alimentaria marina.

“Veríamos también mejillones, cangrejos y peces pequeños con sus tractos digestivos llenos de estas partículas que confunden con alimento, y observaríamos cómo los contaminantes tóxicos absorbidos en la superficie de los microplásticos se liberan en sus tejidos.

“Igualmente notaríamos que cada ola que rompe en la orilla no solo trae espuma, sino miles de fragmentos derivados de botellas, bolsas y redes usadas y desechadas en tierra”.

Esta realidad microscópica, plantea Arianna García, debería obligarnos a cambiar de conducta, pues revela que “el plástico, que consideramos eliminado al botarlo, nunca desaparece, sino se fragmenta, dispersa y regresa a nosotros a través de los productos marinos que consumimos”.

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