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Y el viento guardó silencio

Redacción JT
12 julio 2026 | 0 |

Por Ariel Hernández Reyes./Ilustración: Jonathan Luis González Rivero


Aquella tarde el polvo y las hojas fueron arrastradas por el viento del este, ese que los adivinos del reino de Zaer usaban para leer el futuro o curar males ocultos. Pero su canto se extinguió, y ningún presagio anunció lo que estaba por venir. Incluso los lamins, que crecen en las bases de los árboles, dejaron de vibrar y emitir su música. Un gran carruaje, empujado por bestias de fuego, irrumpió entre nosotros. El humo nos envolvió, hizo llorar los ojos y llenó las bocas de un sabor ajeno. Algunos se postraron, murmurando que eran dioses; otros huyeron de esos monstruos y abandonaron todo. Ese día comenzaron a cazarnos.

Los gigantes se esparcieron por el reino sobre animales enormes, cuyo paso resonaba como mil campanas, de aquellas que los adivinos forjaban con el raro material con que adornaban el viento. Era un estruendo que desgarraba el aire, como si el cielo se quebrara. Me atraparon con una red similar a la que yo solía usar para pescar en el río Auer. Ya no teníamos la agilidad de antaño. Pensé que había llegado mi fin. El ser me llevó hasta la boca de la bestia sobre la que andaba y me soltó en aquel hueco oscuro que devoraba la luz. Mis pensamientos recurrieron a Zaq y Yok, los dioses de mi pueblo. Creí que nos habían abandonado. Sin embargo, entre la niebla del terror, resonó en mí la voz de Kol: «los dioses no actúan sin un propósito». El viento callaba, ellos callaban… tal vez ese silencio era un mensaje que mi miedo no me dejaba entender.

El fin no llegó. Dentro de la bestia encontré a otros zaerianos. Una prisión lisa, fría y transparente nos encerraba a todos. Mis tentáculos recorrieron la superficie en vano. No había rocas a las que aferrarse. Era un mundo sin viento, con un aire pesado.

Un poco más allá divisé a Xu, mi novia. Sus ojos se encontraron con los míos; en ellos reconocí la misma señal de pánico que emiten las crías separadas del resto. Ella, como tantos otros, daba golpes a la barrera. Por todos lados, cuerpos se estrellaban contra las paredes. Me uní a ellos, pero la prisión era más firme que el tronco de Tonek, el árbol sagrado que representa nuestra fuerza. Insistimos hasta agotarnos. La superficie no cedía; solo dejaba pasar los gritos como murmullos ahogados. Exhaustos, nos desplomamos, algunos con convulsiones. Pero Kol, el adivino, no forcejeaba. Permaneció sentado en su celda, resignado, a la espera de señales de los dioses.

Mis catorce ojos localizaron a una figura abriéndose paso entre mi gente. Con dos de sus cuatro tentáculos rígidos se desplazaba, mientras que con los otros sostenía una tablilla brillante y una rama que dejaba rastros oscuros. Ejecutaba un ritual cuyo eco maligno resonaba en mí, idéntico al de los círculos de poder que Kol trazaba con sus campanas.

De su protuberancia superior solo brotaban dos ojos. ¿Cómo abarcarían el mundo con tan solo dos? Un sonido quebró el aire y apareció un segundo ser, la cabeza cubierta de raíces inertes como algas muertas del Auer. Y se enlazaron en un nudo quieto. De su unión emanó el mismo calor que yo compartía con Xu. ¿Eran tan diferentes?

Al separarse, sus miradas siguieron entrelazadas en un lenguaje silencioso. Ante esa imagen, vi de golpe a los de mi clan en casa: ¿habrían caído ante el ardor silencioso o capturados como yo? Hace cien ciclos había partido para regresar con Xu. Ahora, ese regreso…

El ser de los tentáculos rígidos reanudó su tarea. Sus ojos, marcados por pliegues oscuros como las grietas del Auer en sequía, no se apartaban de la tablilla luminosa. Solo lo interrumpían breves sonidos como ráfagas de viento y el gesto de frotarse la protuberancia con una extremidad. Hasta que la rama cayó. El ruido fue seco, idéntico al de un huevo de karst al romperse. Entonces el gigante se encogió, golpeó el suelo y emitió un gruñido áspero. Y supe, sin saber cómo, que algo en su control se había quebrado.

El ser de las raíces finas soltó una ráfaga de sonidos rápidos y bajos. El primero detuvo su movimiento, giró su protuberancia y respondió con un solo gruñido grave. Siguió un silencio. El segundo bajó la vista y retrocedió unos pasos. Cuando alzó la mirada, ya no parecía ver las paredes. Y entonces su piel cambió: adoptó el mismo tono apagado y grisáceo que tomaba Xu cuando nuestro enlace perdía fuerza.

Con un movimiento seco, el ser de la tablilla arrancó de su encierro a uno de los zaerianos y acercó una rama oscura a su cuerpo. El grito me atravesó. Intenté bloquear el sonido, envolviéndome en mis propios miembros, pero cada alarido era un aguijón de veneno puro, como el del pez Aru, sin la belleza de su caparazón fracturado al morir. La frialdad del gigante era un abismo más profundo que cualquier caverna. Lo devolvió, tomó a otro, y la secuencia de dolor avanzó, paso a paso, hacia el lugar donde estaba Xu.

Un hedor acre, idéntico al que liberamos al ser desgarrados, brotó de mis poros. Mis tentáculos vibraron a un ritmo imposible contra la barrera. «Son monstruos crueles», pensé. En sus gestos no había nada: nuestro dolor era para ellos solo un rumor lejano. Entonces sacó a Xu y acercó la rama oscura. Sus bellos apéndices se contorneaban, intentando escapar. Me lancé contra la pared. Los impactos sacudieron mi cuerpo, pero solo conseguí agotarme. El que la sujetaba giró hacia mí con un gruñido grave. Sus ojos dilatados. En ese instante, unas extremidades me inmovilizaron: eran las del otro ser, el que se había enlazado con él. Este emitió sonidos suaves, y sus gestos me recordaron a los que usábamos para mecer a las crías. Pero entonces acercó la rama oscura. La extremidad que la sostenía tembló. Sus ojos, fijos en los míos y no en el punto de contacto. Algo penetró en mí: un frío que se extendió por mi interior, algo quedó ahí dentro y ocupó todo. Aquel contacto me arrancó una señal íntima: irradié las luces que solo se envían a la pareja al unirse para toda la vida.

Me colocó junto a Xu y al instante nos hicimos uno. Mientras trataba de consolarla, una quietud ajena nos invadió. Primero a ella, luego a mí. Perdimos el tiempo, el espacio, todo excepto la sensación de viajar a un territorio que no pertenecía al viento.

Abrí los ojos. Nuestros tentáculos seguían entrelazados. ¿Habíamos dormido? Mi mirada saltó a Xu, después a mí mismo, a nuestras pieles. Las manchas oscuras, aquellas que ardían como fuego interior, habían palidecido. Y el dolor, ese ardor constante, comenzaba a ceder. Aunque en el lugar donde la rama había penetrado se observaba un punto luminoso.

Tras ocho ciclos, las manchas de Xu se desvanecían; se disipaba «esa sombra que nos debilitaba». Yo, en cambio, estaba atrapado. Mi cuerpo, el que se había estrellado contra la pared, ahora rebosaba una vitalidad ajena. ¿Era vida, o solo un préstamo de aquellos a quienes debía odiar? Esa duda persistía cuando, un día, la boca de la bestia se abrió de nuevo. La luz del exterior volvió a abrazarnos, pero no vimos la bruma dorada que alimenta a los lamins. El aire mismo había perdido su brillo y se había vuelto gris, como en los días que preceden a la gran sequía.

Nos dejaron libres. El ser de raíces finas emitió una serie de sonidos y agitó una de sus extremidades superiores en un movimiento lento de lado a lado. Xu, antes de que yo pudiera detenerla, repitió el gesto con uno de sus tentáculos. Por reflejo, los míos se movieron también, como algas arrastradas por la corriente. El ser detuvo su balanceo. Sus ojos se fijaron en mí. La temperatura de su piel cambió, volviéndose irregular; me recordaba a la de un animal herido. Luego, giró y fue absorbido por la bestia.

No fuimos los únicos. Los veía emerger uno tras otro, sus cuerpos aún marcados por las huellas de la cura; las manchas, ahora más claras, apenas se notaban. Algunos, al contacto con el suelo, huyeron hacia los bosques de Tonek, aunque parecían haber olvidado sus pasos de cazador. La mayoría se quedó inmóvil, observando a la bestia. Sus señales se mezclaban en una nube que flotaba en el aire sin rumbo.

Fue entonces cuando Tur se abrió paso. Aún débil, con un fragmento de roca negra en sus tentáculos, se plantó frente a la bestia. Con un grito ronco, lanzó la piedra que rebotó con un ruido seco y sin dejar marca. Tur, consumido por el esfuerzo, se desplomó al instante, sacudido por temblores.

Entonces, el rugido. La bestia de fuego se puso en movimiento, empujando al gran carruaje. Ascendió hacia las nubes donde duermen los sueños.

De entre los troncos de Tonek emergió Kol. No dirigió sus ojos hacia Tur ni hacia nosotros. Se alejaba con la pesadez de quien ya no se cree adivino, hasta que una ráfaga del viento del este lo detuvo. Se irguió de golpe, como si una corriente fría lo hubiera atravesado. Sus ojos siguieron algo invisible en el aire. Luego, trazó un último círculo en el aire, pero lo dejó incompleto.

—Su mal no es como el nuestro —dijo—. El nuestro arde. El de ellos… absorbe.

Sin mirar a nadie, comenzó a alejarse. Pero antes de perderse entre los troncos de Tonek, volvió la cabeza y me miró fijamente a los ojos. Esa mirada me persiguió todos los ciclos que siguieron.

La vida intentó enraizarse de nuevo, pero como un árbol en suelo envenenado. Xu y yo partimos de regreso a casa, pero el punto brillante en el brazo era un recordatorio mudo. Cien veces se ocultó el sol antes de que encontrara su voz: un latido lento e implacable. A Xu le sucedió igual. Unos ciclos después, sentimos que tiraba de nosotros hacia la fría planicie blanca que se extendía a lo lejos. Intentamos no hacerle caso, pero un día Xu no resistió más y comenzó a avanzar hacia allá. Yo fui con ella. Observamos a otros que acudían al llamado por la misma ruta.

Luego de cuarenta y tres ciclos, lo vimos al fin: algo inmenso y bajo, de costra gris y porosa, como el lodo del Auer secado por un sol enfermo. Rezumaba calor húmedo. De su interior llegaba un zumbido de insectos de piedra y un olor espeso a nosotros mismos, era como la savia de muchas heridas abiertas.

Xu avanzó hacia la boca abierta. Mis tentáculos me traicionaron y la seguí. El latido en mi cuerpo marcaba el paso y el zumbido llenó mis poros. El olor se volvió aire. Crucé el umbral y vi a los de mi pueblo. No luchaban. Estaban quietos, plantados como troncos. De sus tentáculos salían lianas sin color. Por donde fluía su luz interior, unas gotas lentas caían en grandes estómagos transparentes que pulsaban con un resplandor cegador.

A un lado, los cuerpos ya vaciados yacían apilados, pálidos, sin brillo, como cáscaras de karst después de que se come el interior.

Algo frío y duro, como la garra de un animal de piedra, me inmovilizó. Otra rama oscura, más gruesa, buscó el punto de mi brillo. No pinchó. Se aferró allí y sentí que me vaciaban. Una corriente fría ascendía por donde antes circulaba mi calor, dejando a su paso solo vacío.

Fue como si me arrancaran mi esencia por una herida que no sangraba.

No había dolor. Mi luz era absorbida fuera de mí. La vi fluir, hermosa, por la liana sin color.

Cuando la luz dejó de fluir, la garra de piedra me soltó. Caí sobre una pila de cáscaras. Eran zaerianos, como yo. Los tocaba y no sentían nada. Eran vainas vacías. Yo también lo era. Miré a Xu a mi lado, pálida, sin brillo. Entonces, lo supe en mis tentáculos, como se sabe que el invierno ha llegado: por el frío en la piel y la ausencia de hojas. El viento golpea mi cuerpo, ¿traerá un nuevo presagio?

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