Inicio / Tecnología / El ánima de los elementos

El ánima de los elementos

Redacción JT
24 febrero 2026 | 0 |

Por Daymaris Martínez Rubio


Cuentan que en la tierra de Washington, en un extraño tiempo de la razón, vivió un filósofo, científico, predicador y maestro.

Era la hora del mundo. Las maravillas, cocidas al fuego virginal de la ciencia, halaban de su sotana y le traían el corazón apretado de verdades esenciales, de asombro.

“¿Acaso hemos nacido para cosas tan pequeñas que nos puedan asustar las grandes?”, meditaba, como si en las tablas primeras del monte Sinaí, Moisés hubiese visto: crearás.

En marzo de 1841, al precio de tres reales para señores no suscritos, la imprenta literaria de Almacén de Miró, cercana a la Real Audiencia, hizo circular por La Habana las Indicaciones sobre la mejora de los hospitales en climas cálidos, a la firma de un “ilustre y distinguido presbítero, eminente filósofo y digno ministro del catolicismo”, don Félix Varela y Morales.

Publicadas junto a otros artículos en el número cinco de la Revista Repertorio Médico Habanero. En ellas se leía: “Bajar la temperatura del aire, purificarlo y renovarlo son los puntos más interesantes para la mejora de los hospitales”.

Física experimental y ciertos elementos (fuego, aire, agua…), modelaban una relación aún desconocida entre la sepsis y la proliferación de bacterias, donde algunos cronistas advierten el prólogo de la epidemiología hospitalaria y tal vez el principio funcional del aire acondicionado.

Preludio de la hazaña del francés Louis Pasteur -con el enunciado de la teoría de los gérmenes y su exitosa aplicación por el británico Joseph Lister-, en un esbozo futurista de la tecnología, Varela adelanta el concepto de un medio para proporcionar aire y el control de la temperatura, humedad y pureza, con la diferencia de que aquel respondía a condiciones climáticas específicas, un paso obviado por los modernos acondicionadores de aire.

Varela pensaba en un beneficio “mucho más sensible” en las horas en que “duermen los enfermos entre una noche de hálitos nocivos que por la mañana se esparcen en la población al abrirse los hospitales”.

El deseo de hacer bien a sus semejantes le había movido a aventurar aquellas indicaciones, que si no se creían ealizables
–apuntaba- servirían para animar a otros “a que, pensando sobre esta materia que por desgracia veo muy desatendida, presenten proyectos más felices”.

En octubre de 1883, como por mística reunión de destinos, otro apóstol, José Martí, escribía en Nueva York Aire puro para los hospitales, con avances médicos de Belfast, a propósito de “esas casas sombrías y húmedas donde la enervante atmósfera vicia la sangre y encona las heridas”.

Colocar en las ventanas una
serie de bastidores (como el
representado en a), consistentes
en un marco de madera, al cual
están clavadas dos bayetas
verdes, una por cada cara. El
espacio entre ellas va relleno
con paja. El marco gira sobre dos
ejes alejados del centro (b, d; p,
n); la parte mayor está dispuesta
hacia afuera. Los bastidores son
sostenidos por unas cuerdas
atadas a su extremo interior.
Impide la entrada de la luz solar,
poco reflejada por el verde de
la bayeta. Como resultado, el
aire se conserva fresco entre los
bastidores. La precaución de
mojarlos dos o tres veces al día,
mejora el efecto.

Bastidores colocados en el marco
de una ventana vista de perfil.

Aparato regulador de la temperatura
denominado purificador
refrigerante. El recipiente a,
b, d, n contiene otro cónico R
terminado en un tubo cónico
inferior. El aire entra por s y sale
por conducto h. R no da paso al
agua. El líquido ocupa espacio
entre uno y otro recipiente. La
parte superior de “a,b,d,n” se
cubre para aislar el agua del aire
y conservarlo fresco.
El aire enfriado en R se condensa
y al pesar más que el de la atmósfera,
cae “como sucede con
la arena en una ampolleta”. La
porción de aire expedido por h es
reemplazada por otra entrada por
s. Tras sufrir igual enfriamiento
en el recipiente R, resulta una
corriente continua de aire frío y
purificado.
En la caja p, terminada en dos
tubos y unida al aparato por s, se
coloca cloruro de cal o cualquier
desinfectante. Algo similar sucede
si se añaden pedazos de hielo
al agua que rodea a R. Propone
construir el aparato de losa sin
vidriar, para conservar fría la
superficie interior de R y hacer
menos costoso el método.

Sugiere colocar de trecho en
trecho, una serie de tableros de
barro no vidriado como en a, con
borde de hasta tres pulgadas.
Por la superficie corre el agua
y puestos unos a continuación
de otros producen el efecto de
un arroyo a través de la sala del
hospital.

Medios de renovar el aire.
Recipiente de hojalata, con fondo
agujereado. El aire enrarecido
entra gracias a la acción calórica
de una lámpara, para luego salir
por tubo s. Al conducto s se
adapta caja p con cloruro de cal
y, a su parte opuesta, se acoplan
tubos para despedir el aire por
la ventana.

Aparato a escala mayor, bajo el mismo principio, pero condiverso mecanismo. Por b se introducen varias lámparas. El borde superior abierto es atravesado por dos delgadas barras de hierro. Encima de la abertura se coloca el recipiente cónico B, cuya base es menor que abertura central de N y se comunica con la caja desinfectante R. Luego se sitúa la cubierta D. Entre esta y B queda una distancia de una o dos pulgadas, la cubierta se pone sobre el borde de N.
El aire enrarecido pasa por parte de la abertura central (no cubierta por la base de B, menor que dicha abertura) y acciona sobre la superficie exterior de B. El aire enrarecido en B asciende y lo reemplaza otra corriente entrada por el tubo lateral. La cubierta aumenta la acción del calórico para utilizar un corto número de lámparas y obtener un efecto de fuego considerable. Un tubo A, extendido hasta caja purificante S, produce el efecto de dos corrientes de extracción.

Publicado originalmente en el número 341 de la revista Juventud Técnica

Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *