Caminata por la bella meseta. La incredulidad del Gallego. El descenso hasta el Jaguaní. La llegada al paraíso. La primera acampada en el río. El folklore de la navegación. “La próxima vez, cuenta bien”. La segunda acampada en el río.
Lunes 1ro. de agosto del 2005
Acampados en la Meseta del Toldo en la segunda noche, todo estaba tranquilo, pero como para no demeritarse la lluviosa meseta, en plena madrugada comenzó a llover. No obstante, el rigor de esa noche estuvo bien lejos del de la anterior. El mayor costo fue la mojazón de la ropa.
Por la mañana el grupo Tres de cocina preparó ‒para variar‒ leche con chocolate y dulce de guayaba con galletas. Después de la recogida, partió un primer grupo en la avanzada y después el resto. La meta del día era el río Jaguaní, pero primero debíamos pasar por un lugar llamado “Piloto”, donde en algún tiempo existió un aserrío y por el que corría el arroyo del mismo nombre. Desde el inicio de la caminata podíamos ver a lo lejos, hacia el sur, el lomerío que constituían las laderas de la orilla sur del Jaguaní.
El paisaje en la zona sur de la meseta era gratificante. Caminábamos por un terraplén entre pinares, cruzando con frecuencia arroyos cristalinos. La temperatura ambiente era sumamente agradable, pues nos hallábamos a unos 600 metros de altura sobre el nivel del mar. El cielo estaba despejado. Con frecuencia entroncaba algún camino con el terraplén, pero seguíamos con rumbo sur, sin desviarnos de la ancha senda que llevábamos. Si la zona norte de la meseta se prestaba para la minería, la sur mostraba evidencias de una antigua explotación maderera.
Llegamos a un entronque donde el ancho terraplén se desviaba a la izquierda, mientras que un camino claro, pero más estrecho seguía hacia el sur. Al indicarle a la gente seguir el camino más estrecho, Jesús, El Gallego, se me acercó con un alto nivel de incredulidad, para decirme que no entendía nada. Él hacía poco se había ido de excursión en España con un grupito pequeño.
Eran ocho, iban por parejas, cada cual llevaba su comida y dejaban señas por el camino sin esperar a los de atrás. Me dijo que, si él contaba en su país lo que estaba haciendo con Mal Nombre, lo iban a tildar de loco. ¿Cómo era posible irse de excursión con tanta gente y con niños inclusive? No me veía con una brújula en la mano y, en fin, todo lo que hacíamos le parecía una locura.
Evidentemente, aquello era la catarsis de Jesús, aunque ya el día anterior había dado señales de preocupación cuando, después de desechar varios caminos, decidí tomar el que finalmente nos llevó hasta el pico El Toldo. Para calmarlo definitivamente, me recreé explicándole.
Le dije que, aunque yo no andaba con una brújula, tenía un mapa por el que me guiaba. Le expliqué que el terraplén que seguía por la izquierda iba a hacia el poblado de La Melba y que desde donde estábamos hacia allá había 21 kilómetros. Le dije también que nuestro plan era navegar el Jaguaní aguas arriba de La Melba, algo que nunca habíamos hecho. Le señalé hacia el sur el lomerío que está detrás del Jaguaní, el cual marcaba nuestra ruta a seguir, más allá de que tuviera un mapa o una brújula.
Terminando la explicación del por qué tomábamos aquel camino, comencé a hablarle de la organización del grupo. Le dije que, aunque aquello pareciera una locura, había un buen nivel de organización. Los grupos de cocina, la redistribución de los bultos de comida y la retaguardia que siempre iba al final de la tropa para ayudar al que más lo necesitara, eran un ejemplo de ello. Algo que marca al grupo es la solidaridad, lo cual no parecía ser una prioridad para el grupito con el que él se fue de excursión en España. Pareció comprenderme.
Seguimos caminando y llegamos pronto a Piloto. En el lugar había una placa de concreto con paredes destruidas, pero ya sin techo. Era el antiguo aserrío. Arroyo Piloto pasaba por detrás, con la corriente en descenso hacia la izquierda. Algunos nos bañamos en la corriente y también tomamos agua. Cruzamos y seguimos por el camino, que iniciaba ya el descenso hacia el río Jaguaní.
El camino a ratos se perdía entre el tumulto de helechos que crecía por doquier. Una fresca brisa surcaba entre las agujas de los pinos. El descenso era continuado en un típico faldeo zigzagueante. La senda avanzaba en el fondo de una zanja que mostraba la erosión en sus laderas. Al frente, en la distancia, pero cada vez más cerca, veíamos la faja montañosa alzada a partir de la otra orilla del Jaguaní. El grupo bajaba estirado, a paso lento, pues la carga en las espaldas se hacía sentir.
Luego de un buen tramo andado, comenzamos a escuchar el sonido de la corriente. Quienes integrábamos un grupito delantero, llegamos a un cañón que atravesaba el camino y, a continuación, nos sorprendió una subida. Como el cañón tendía a confundir, le grité a los que venían detrás para que subieran por el camino y no bajaran por el cañón.
Si hasta ese momento los árboles nos protegían del sol, en la subida no, y el cansancio comenzó a aflorar con mayor rigor. Luisito avanzaba con un extraño modo de caminar, pues en sus pies hicieron acto de presencia algunas ampollas. El Tin lo cargó y siguió con él en hombros. Más adelante volvió a aparecer una pendiente en descenso, pero mayor que las anteriores.
Con el cansancio y la sed golpeándonos, nuestras miradas finalmente se deleitaron con la llegada al río Jaguaní. Sus cristalinas aguas, corriendo hacia la izquierda entre grandes piedras grises, nos sacaron de las gargantas exclamaciones de alegría. Aquella llegada significó el arribo a uno de los tantos paraísos a los que hemos arribado en nuestras vidas de guerrilleros.
Al poco rato el río estaba invadido por los malnombristas, que nos refrescábamos en sus aguas. Al llegar a la orilla, Marcos dejó su mochila y subió a relevar al Tin en la cargadera de Luisito.

Con el agradable aliciente del baño, y con la sed eliminada, el hambre se convirtió en la prioridad número uno. Sacamos las barras de maní, tocando una cada tres personas.
Después de comer el energético, debíamos ver qué hacer, pues ya eran más de las tres de la tarde. El río en el lugar no era navegable con nuestras balsas, debido a su poco caudal en la zona. Desde donde estábamos podíamos ver a unos 150 metros río arriba, los restos de un puente hecho con grandes troncos de árboles. Joel avanzó a inspeccionar por esa dirección.
Yo caminé río abajo hasta llegar a un meandro. Recorrí la pequeña isla que allí se formaba, en busca de una playa para acampar y, aunque vi una playa en el propio meandro y otra en la orilla del río, no reunían las condiciones para que se asentara el grupazo.
Al volver a donde estaba la gente, me preguntaron qué hacer, pero sin perder tiempo partí loma arriba por el camino que acabábamos de bajar, pues recordé haber visto un trillo que se entroncaba con el camino, viniendo desde el este.
Rápidamente encontré el trillo y, con mi short anaranjado apodado “El Calentico” por los “filos” que daba, avancé más de cien metros por él; despejando con las manos alguna maleza que se interponía al paso. Al estar seguro de que tenía continuidad, regresé y bajé hasta el río de prisa.
Llamé a la gente a reunión y, cuando nos juntamos todos, propuse dos variantes para acampar. Una era quedarnos donde estábamos y la otra coger por el trillo para adelantar ‒la hora lo permitía‒, y más adelante buscar un buen sitio donde plantar campamento. Se acordó tomar el trillo.
Nos vestimos, cargamos las mochilas y partimos. Al entrar por el trillo, Marcos tomó la punta para despejar la senda de malezas con un machete, aunque realmente no había mucho que cortar. El camino comenzó a ascender, siempre paralelo al río y, más adelante, sobrevino una bajada. El grupo se dividió en dos y los primeros llegamos hasta unas placas de concreto de lo que fueron unas casas anteriormente. A partir de ahí, el trillo se multiplicó en varias sendas, por lo que nos detuvimos.
Marcos regresó a orientar a los que venían detrás. Después de reagruparnos, bajamos más hasta llegar al arroyo Piloto, tras haber caminado unos dos kilómetros por el monte. Otro puente roto había en el lugar, unos metros más arriba de donde estábamos. Descendimos con cuidado por el arroyo cristalino, lo cruzamos y después atravesamos el río Jaguaní, hasta llegar a una playa óptima para acampar, ubicada en la orilla derecha. No obstante, en la misma orilla, pero más atrás, se quedaron Karel, Yahyma, Alexander, Ariel, Emma y Ramón, quienes decidieron acampar en un pequeño arenazo.
La playa donde estaba la mayoría no tenía arena, más bien estaba formada por pequeñas piedrecitas, pero en el arenazo donde plantaron lo seis no cabía mucha más gente. Sin más, explotó la “bomba atómica” sobre la playa grande. Cada cual buscó su lugar para acampar y los del grupo Tres comenzaron a preparar la cocina. Joel, como buen jefe de cocina, colocó varias piedras y sobre ellas puso los calderos. Los demás hombres del grupo de cocina buscaron leña y las mujeres comenzaron a preparar la sazón.
Con el aporte de las aguas de arroyo Piloto, el cauce del río había aumentado, de modo que ya era navegable para nuestras balsas. Los niños aprovecharon para bañarse en el río y, aunque al rato los padres los llamaron para que salieran, se demoraron un rato más en el agua.

Con ayuda de alguna gente, organicé los bultos de comida y, al terminar, los distribuimos. Por fin estuvo lista la comida y repartimos el arroz, la carne en salsa y el refresco que tocaban en la ocasión. Mientras esto sucedía, unos mosquitos flacos, de monte, comenzaron a acosarnos, hasta que cayó la noche y se calmaron. La comida logró llenarnos y después hubo un rato de conversación alrededor de una fogata, hasta que el sueño nos lanzó de cabeza sobre las balsas infladas, quedando en calma el campamento.
Martes 2 de agosto del 2005
Al amanecer, un querequeté se pasó un rato revoloteando por encima de la playa y los mosquitos hicieron de las suyas, hasta que sol comenzó a levantar. El grupo Uno de cocina preparó el desayuno, que tuvo el mismo menú de los días anteriores.
Después de desayunar, nos enfrascamos en la recogida y en los preparativos para iniciar la navegación. Al grupito que acampó en el pequeño arenazo se le vio con tardanza. Al Tin le tocaba la retaguardia en el día, pero, dada su cercanía con Talía y el hecho de que ella era aún una adolescente que había ido a la guerrilla sin sus padres, le di entonces la tarea “Dos”: cuidar de Talía; por supuesto, la “Uno” hubiese sido la retaguardia.

Pasadas las diez de la mañana se inició la navegación sin que aún partieran algunos del pequeño arenazo. El “ajuar” de embarcaciones era bastante variado. Marcos iba en un bote inflable, teniendo bien de cerca a Dayana (su amiga cercana, que bien poco sabía nadar) y a Elisa (su cómoda cuñada de 15 años). Karel y Yahyma estaban entre los atrasados del arenazo, pues se demoraron un mundo en poner a punto un invento de dos cámaras de camión atadas a unos troncos de madera, al que le pusimos por nombre “La Kon-tiki”. Aquello era lo menos adecuado imaginable para navegar en un río bajo. Ya lo sufrirían.
El pobre gallego Jesús no fue bien orientado por Eduardo y llevó al río una balsa que, de tamaño, era más bien la mitad de las otras, de modo que, al atar la mochila a ella, no le quedaba casi espacio para subirse, por lo que sus piernas estaban expuestas a todo tipo de golpes con las piedras. Leyva, Alexander, Ariel, Raine y Monty iban sobre cámaras, que siempre son más lentas al navegar y menos disfrutables, con la única ventaja de que es bien difícil que se ponchen. Alfredo iba con Ale en una misma balsa; en los rápidos, Alfre se bajaba y veía cómo el chama se tiraba a su gusto.
Joel llevaba a Cherehisa en la suya, el Puro a Enmanuel y Eduardo al Yeyo. El forro de la balsa de Eduardo era de saco, por lo que pesaba más. Adrián dejaba por primera vez que Patry se fuera sola en una balsa; ya ella tenía 12 años y había bajado junto al padre el Toa y el Jaguaní.
La retaguardia del día la conformaban el Tin y Yaser; junto a ellos iban navegando Idalmis, Mary y Talía. Así el Tin podía cumplir sus dos funciones. Una misión especial y bien difícil, le tocó a Papiro: cuidar a Luisito. El Luisi se tiraba por donde le daba la gana, se iba adelante y no le hacía caso a Papiro, quien le gritaba constantemente: “¡Luisiiiito!”.
Casi al partir, se me zafó la mochila por no amarrarla bien y perdí unos minutos en corregir el error. Conmigo iban navegando en la delantera Lizet y Ale; realmente, Ale andaba con Alfredo cuando este iba montado en la balsa.
Desde el inicio se comenzaba a prever el trabajo que pasaría Ichi con su adorada esposa, a quien ya le decíamos “La Mami”; pues así la llamaba él. En los rápidos ella navegaba más debajo que encima de la balsa y allá iba Ichi a sacarla del atolladero.
El sufrimiento de Lorenzo era por ponches. Tuvo un primer ponche bien pronto, pero no fue el único de la jornada inicial. Luis Enrique, con 15 años, iba cerca de su hermano Marcos, pero al chama se le veía navegar bien. País navegaba sin mochilas en una balsa endeble, mientras José Javier llevaba su mochila y la del padre. Con su notable gordura, País se tiraba por pocos rápidos, por lo que constantemente se le vía caminando junto al río.
Emma y Ramón se tiraban en todos los rápidos, aunque estos fueran bajos y las balsas sufrieran. Yamil, Sosa y Ariadna iban cómodos en sus balsas, Ariadna siempre cerca de su hija Cherehisa. Osiel, el joven hermano de Ariadna, tenía un ligero ponche en su balsa y constantemente le tenía que echar aire.
Natacha iba bien cómoda, pero su novio Erick no, pues la navegación le dio mareos y llegó a vomitar, hasta que decidió darle su balsa a Ale y seguir caminando. De este modo, Alfredo pudo tener una balsa para él solo, sin tener que pasar a pie los rápidos. Mary padecía del mismo mal que Erick y llegó también a vomitar, aunque siguió navegando en su balsa.
José Raúl y Tamara eran dos maestros emergentes de la enseñanza primaria, invitados por Natacha, que era colega de ambos. Jose iba bien en su balsa, pero era lento navegando, mientras Tamara era inepta para bajar los rápidos. A José Raúl comenzamos a llamarle “Capablanca”, por tener el mismo nombre que el mejor ajedrecista cubano de todos los tiempos. Sandra, una invitada de Lizet a la guerrilla, también era inepta en los rápidos.
A media mañana Adrián sufrió un rajón en su balsa, por lo que cargó su pesadísima mochila y siguió a pie la jornada, sin cara de obstinado. La fortaleza física de Adrián había sido puesta a prueba en varias guerrillas malnombristas, saliendo siempre airosa.
Un molesto acompañante no nos dejaba tranquilo: el tábano. Los malditos bichos, como en el Toa, picaban y picaban hasta que uno se detenía a matarlos de un buen manotazo.
El plan era navegar siete kilómetros en el día, pero el bajo nivel del agua hizo demasiado lenta la navegación. A las cuatro de la tarde decidí buscar una playa para acampar cuando solo habíamos navegado unos 4.5 kilómetros, de los siete previstos, algo nunca visto en una jornada entera, en la historia navegante del grupo.
Iba con Natacha en la delantera, cuando en una curva del río hallamos una playa en la orilla izquierda. Le dije a Erick que avanzara un poco más y este siguió caminado, pero pronto le grité que regresara, porque acamparíamos allí mismo, pues me preocupaba que los últimos estuvieran muy lejos.

En la curva había una playa; luego un tramo recto con otra playa, después un charco y luego otra playa más. Fui y anuncié hacer allí la acampada. Al escucharme, Natacha me dijo que ya estaba desarmando sus cosas en la primera playa. Ni para ella ni para mí; dije que al centro. Finalmente, en el centro comenzamos a preparar la fogata nocturna, pero la gente acampó donde le dio la gana.
Adrián, de inmediato, se puso a trabajar en la cocina y llamó a los integrantes de su grupo. Yo estaba preocupado porque aún faltaba la retaguardia por llegar y partí a pie río arriba, cargando mi balsa inflada. Por el camino encontré a algunos aun navegando y fui sumando así la gente que estaba delante de mí. Cuando di con el Tin y Yaser en la retaguardia, estos estaban enfrascados en ayudar a Karel y a Yahyma, quienes en cada rápido tenían que cargar a la Kon-tiki, pues su embarcación se encallaba dondequiera.
Al cerrar la cuenta de malnombristas, me dio 44. Es decir, según mi suma, faltaban tres por aparecer y les dije al Tin y a Yaser que no recordaba que José Raúl, Tamara y Alexander hubieran llegado. Yaser me dijo que le parecía que sí habían pasado ya, pero yo le insistí y Yaser dudó. Le dije al Tin que fuera hasta el campamento para ver si ya habían llegado, mientras Yaser y yo seguíamos río arriba. Partió el Tin río abajo, mientras Yaser y yo regresábamos por la corriente.
Luego de andar un buen tramo, nos detuvimos en una curva, justo cuando se iniciaba una larga recta. Allí acordamos que yo iría hasta el final de la recta, mientras Yaser viraría a buscar información. Si los tres que buscábamos estaban en el campamento, Yaser llegaría hasta la curva y me haría señas desde lejos.
Seguí la marcha y, en medio del tramo recto, pegué varios gritos sin obtener respuesta. Me quedé entonces junto a una gran piedra, a esperar por las averiguaciones de Yaser. Media hora tardó Yaser en llegar al campamento, ver allí a los tres que buscábamos y regresar para avisarme. Sus buenas condiciones de atleta le permitieron ir como un bólido sobre las piedras y los arenazos. Al verme de lejos, me abrió los brazos y fui hasta él. Al llegar a su lado, solo me dijo una frase lacónica: “La próxima vez, cuenta bien.”

Al regresar los dos al campamento, la comida se había terminado, pero, al no alcanzar, los del Uno hicieron un caldero más de arroz. Ya de noche, se armó el tiroteo y encendimos la fogata. A la comida le sucedió un monotema, que cogió bastante “calor”. También junto a la fogata, Yamil soltó una expresión al respecto de Talía: “¡¿Qué tiene catorce años?!”
Solo el sueño pudo aplacar los ánimos exaltados por el monotema. Cuarenta y siete malnombristas quedamos rendidos luego de una jornada en la que se avanzó muy poco en pos de llegar al poblado de La Melba, que era el destino señalado más cercano.
(Continuará la próxima semana)
