Orlando Torres Fundora, leía un librito de comics: El Alce Olímpico y las aves acuáticas. Lo recuerda como si fuese hoy, aunque cuando aquello tenía seis años. Todavía rememora con la avidez que se adentraba en ese libro, como se enamoraba de las aves y de la zoología.
Pero desde antes ya andaba prendado de la fauna; le había bastado su niñez en Matanzas: “Vivíamos en una casa que tenía un patio de tierra. Al estar lleno de árboles venían muchos animales: lagartijas, aves, que comían insectos de las matas de mangos o del resto de las plantas. Siempre los observé con curiosidad”.
Su abuelo era maquinista en los ferrocarriles, pero le gustaba la naturaleza también: “Me llevaba con él a muchos lugares de la provincia. Me impresionaba cómo corría el rio Yumurí hasta su desembocadura. Había desechos de una tenería que se encontraban en el lugar y terminaban en el río. Desde ese momento, muy niño, ya pensaba que esas cosas hacían daño.
“En la casa teníamos muchos animales domésticos: perros, gallinas, patos. Aunque ya para ese entonces vivía en La Habana, todas las vacaciones iba para Matanzas con mis abuelos. Me gustaba ir a ver la feria ganadera y leía todo lo que fuera relacionado con zoología. Mi niñez transcurrió así, leyendo.
Hoy Orlando tiene 75 años y lleva 52 de trabajo como profesor e investigador en la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, donde le inculca la tradición zoológica a las nuevas generaciones de biólogos.

Comenzó la carrera en 1968 y siempre quiso dedicarse al estudio de vertebrados; de las aves. Cuando estaba en el tercer año de la carrera se percató de que no había ninguna especialización en este campo: “Un grupo de cuatro personas mostramos interés por esto y la dirección de la escuela lo notó.
“En ese momento, estaba en la dirección la doctora María Elena Ibarra, de gran influencia en mi información, pues era la profesora de Zoología. Entonces, formaron la especialización en vertebrados.
“Hubo un problema, no había profesores para dar las asignaturas de ornitología, herpetología, mastozoología; los núcleos fundamentales de animales que deben ser estudiados en una especialidad de ese tipo.
“La dirección se dedicó a buscar personas que, a pesar de no ser graduados universitarios, tuvieran un aval de trabajo en este tipo de actividades: Florentino Garcia Montaña, en aves; Orlando Garrido, en reptiles; y así, un grupo de profesionales que no tenían una formación acabada, pero que empíricamente conocían mucho de los vertebrados cubanos”.
Cuando aquello no había trabajo de diploma, pero ese grupito de cuatro estudiantes estuvo dentro de los primeros graduados. Hicieron un trabajo de curso durante meses y lo presentaron . Terminó en una publicación.
Alcides San Pedro, Alberto Valdés de la Osa, Lourdes Rodríguez y Orlando formaron ese núcleo y se graduaron en el año 73 en la especialidad de vertebrados: “También dimos la fisiología animal completa, sistemática y paleontología.
“Yo creo que tuvimos una formación bastante completa para la época en cuanto a vertebrados cubanos, terrestres sobre todo”.
Su primera investigación fueron las observaciones ecológicas en dos especies de murciélagos de cuevas calientes de Cuba: “Aprendí muchísimo con Gilberto Silva, que para mí es una de las personalidades de la zoología cubana más llamativa de los tiempos modernos. Silva, de la generación que me precedió para mí, es una figura importantísima.
“Me inspiró, fue una escuela desde el punto de vista práctico y, por supuesto, también teórico, porque cuando uno termina la carrera está simplemente preparado para iniciar sus trabajos”.
Orlando fue muchos años dirigente y aseveró que, aunque no se arrepiente, le restó mucho tiempo de investigación en el campo. “Estuve como vicedecano docente durante 14 años, director del Centro de Medio Ambiente de la Universidad de La Habana, y al frente del edificio residencial de 12 y Malecón por 24 meses. Aquí hay que hacer todo.
“En Camboya trabajé en el servicio exterior . Pero también he tenido el beneplácito de visitar numerosos países por mi profesión, casi todos los continentes. Uno aprende mucho en los viajes, sea como investigador o docente. .
“Todas las salidas de mi vida han sido profesionales, incluso en Camboya impartí clases en universidades, porque cuando uno es profesor siempre busca la manera de interactuar”.
Zoología y tradición
Orlando considera que la zoología es una disciplina monumental: “En la medida en que el conocimiento humano ha aumentado, se han ido produciendo también especializaciones dentro de la zoología, que lleva también mucha fisiología, mucha relación con el ambiente, mucho estudio de la Historia Natural.
“Creo que, sin negar el desarrollo, por supuesto, hoy en día se utilizan muchas técnicas novedosas de taxonomía y de filogenia, pero los profesores antiguos y los investigadores más viejos tenían una habilidad especial para el estudio de la morfología y para el uso de algunas técnicas, a pesar de no tener las modernas.
“Lograr conclusiones acerca de la ubicación, tanto taxonómica como filogenética, de algunos grupos basándose en aspectos corporales a nivel de observación y de detalle es una habilidad que un biólogo no puede perder”.
Él considera que para ser zoólogo y profesor lo más importante es la transmisión de valores y la formación: “Los niños y las personas mayores generalmente hacemos lo que vemos hacer. El papel del profesor universitario es formador, más en un momento en que, por las diferentes crisis que está pasando el país, se pierde un poco de rigor.
“Recuerdo que nosotros en Zoología dábamos cinco o seis prácticas en ese curso. La asignatura tenía 128 horas y recibíamos cuatro zoologías. Ya han quedado dos nada más por el plan de estudio. Un plan de estudio de biología de cuatro años no es efectivo. La biología es demasiado extensa”.
Torres Fundora también cree fervientemente en que el mayor reto que enfrenta la zoología hoy en Cuba es la conservación: “Desde mi punto de vista la conservación es lograr la explotación racional, que yo pueda explotar un recurso, pero que siga siendo válido para las generaciones posteriores.
“Cuando yo era estudiante, muchos científicos estudiaban una especie y acumulaban conocimiento sobre ella para el día de mañana tener suficientes elementos para protegerla. Pronto nos dimos cuenta de que cuando uno ya tenía tanto criterio, la especie había desaparecido o estaba en un nivel que no se podía recuperar.
“Entonces, hoy en día, se prefieren los estudios poblacionales y ambientales porque la especie no vive sola en un lugar, está rodeada de otros seres vivos de distintos niveles en cuanto a intercambio de materia y energía con ellos.
“Hay que conocer el funcionamiento de un ecosistema para después poder definir qué es lo que se va a hacer con él; sin embargo, lo malo de esto es que nosotros a veces no tenemos la paciencia ni el tiempo suficiente.
“Se necesita llegar a un equilibrio de poder publicar periódicamente, pero cada cierto tiempo hacer un análisis de todo lo que se ha colectado sobre un ecosistema, para entonces tomar medidas.
“Yo creo que las investigaciones tienen que servir para algo. No quiere decir que no se haga investigación básica, pero que tenga potencial para convertirse al cabo de unos años en una investigación aplicada, que permita solventar algunos de los problemas que tenemos”.
Para Orlando, el futuro de la zoología está en los jóvenes que se quedan: “En primer lugar, hay mucho joven valioso en esto, pero hay también un éxodo muy grande. Hace seis años esta Facultad estaba llena. Siempre había mucha juventud estudiando, consultando unos con otros.
“El investigador actual tiene que tener el intercambio, los jóvenes van aprendiendo de las formas de los viejos y después hacen lo que consideren mejor. Yo tengo mucho respeto por la juventud.
“La tradición de los estudios zoológicos en Cuba, que se iniciaron hace muchos siglos, hay que intentar mantenerla, pero para llegar a eso tenemos que tener personas que se mantengan durante cierto tiempo trabajando y eso es algo que no lo veo muy logrado en este momento.
“Por esta Facultad han desfilado un sinnúmero de jóvenes valiosos y se han ido. Algunos, del país; otros, de la facultad, por el tema salarial más que por otra cosa. Lo hablo en carne propia, mi hijo trabajaba aquí conmigo y se fue”.
El interés por la Zoología en Orlando siempre ha ido creciendo: mientras más lee, más comprende que hay mucho que no conoce: “Tengo una biblioteca sólida, amasada a lo largo de cincuenta años. Siempre decía que cuando me jubilara me daría tiempo a leer. Ahora me doy cuenta que no me queda vida para leer todo lo que me gustaría.
“La mayor parte del interés es cuando estoy en clase. Para mí es un motor extraordinario de desarrollo de mi intelectualidad. Me dedicaría nuevamente a estudiar los animales. A lo mejor no sería biólogo, sería veterinario o ecólogo, pero siempre en estudios de la naturaleza y de los animales”.
Conservación: su compromiso
Con respecto a la conservación, Orlando Torres Fundora ha tenido la posibilidad de realizar mucho trabajo de campo desde Guanahacabibes hasta Maisí. Ha hecho investigaciones en todas las provincias de Cuba y se ha puesto en contacto con lugares naturales que ya no existen, con poblaciones de animales y de plantas que ahora están seriamente amenazadas: “Eso demuestra la importancia de mantener el ambiente; estamos atropellando la naturaleza de una manera horrible en todo el mundo.
“Yo sé que tiene que haber un equilibrio entre el bienestar de las personas y lo que se considera el bienestar de la naturaleza. No me estoy poniendo en el lado conservacionista a ultranza de que nada se puede tocar, pues tenemos que comer, pero nosotros pudiéramos regular la explotación racional de los recursos naturales.
“En momentos de crisis sale a relucir lo peor del ser humano y también a veces no hay tiempo de planificar las cosas. Yo pienso que se está perjudicando a la naturaleza y en especial a los animales que viven en Cuba.
“Lo natural es una trama donde todos estamos conectados, la muerte de una hormiga hoy, repercute dentro de unos años en nosotros. Eso parece idílico, pero está probado a través de la fisiología de los ecosistemas”.
Por eso a Orlando Torres le gusta tanto la zoología como biología de la conservación, porque todo presupone retos: “Sucede diferente con la ecología que se ha convertido en la ciencia de los no.
“Los especialistas tenemos que ofrecer soluciones, no nos podemos dedicar nada más a decir lo que está mal, hay que ver cómo eso se puede revertir o cómo se puede mejorar la situación. Ese es papel del biólogo también”.
La conservación en las instituciones es cada vez más precaria, dice: “Las colecciones científicas, por ejemplo, son de primera importancia, y están sufriendo. Las principales colecciones estaban en el Instituto de Ecología Sistemática y en el Museo Nacional de Historia Natural.
“Nosotros en la Facultad tenemos pequeñas colecciones significativas en el Museo Felipe Poey: pieles de aves, de moluscos. Pienso que no se les está dando la verdadera importancia que tienen, el mantenimiento y el cuidado.
“Además, las colecciones no son para el uso de la institución que las tiene, sino de todos los profesionales que quieran verlas, con el control adecuado. Eso a veces aquí no funciona. Es un desafío tremendo”.
Trabajo de campo: antes y ahora.
—¿Qué retos cree que tiene el trabajo de campo ahora comparado con las primeras investigaciones que realizó?
—Las carencias, definitivamente. Hoy, para el trabajo de campo en aves es necesario tener una buena grabadora, tanto para grabar lo que estás oyendo y poderlo identificar después, como para atraer alguna especie que queramos observar. Es crucial tener una buena computadora, no es que haya que tenerlas, pero los elementos de teledetección son importantes para la investigación y todo eso cuesta. El transporte para nosotros es de primera magnitud y no lo tenemos.
“Por lo general, recuerdo con mucho agrado la ayuda que siempre nos brindó el campesinado. Los campesinos en Cuba son maravillosos y yo creo que eso es algo que hoy las nuevas generaciones no tienen, carecen de contacto con las poblaciones residentes en el campo”.
— ¿Qué investigaciones se encuentra desarrollando actualmente?
—En estos momentos hago mucho trabajo metodológico. Soy de las personas más viejas aquí. En México he trabajado mucho en cuestiones de metodología de la enseñanza, he dado muchos cursos.
“Aquí atiendo a los jóvenes, soy presidente de un tribunal de categorización. La mayor parte de mi contenido ahora es teórico. Mi trabajo de investigación ha sido fundamentalmente en el campo. Mi salud ya no me lo permite, dadas las condiciones que hay, porque si hubiera un buen transporte podría todavía trabajar.

“Además, en la época que yo más trabajaba, había transporte. En esta Facultad había tres jeeps. Se podía ir en avión a Oriente a investigar. Cuando llegabas te daban un jeep en la universidad de Oriente. Ibas a Baracoa, a Jauco. Todo era más barato. No nos dolía coger parte de nuestro salario para comer.
“Nosotros antes hacíamos prácticas. Teníamos animales: conejos, curieles, ratones, ratas, tiburones. Actualmente esas prácticas ya no se dan y eso repercute muy negativamente en la formación de un futuro biólogo. La base material es prácticamente inexistente.
“Ahora estoy dando un curso de posgrado de Veterinaria de animales venenosos. No puedo enseñarles las serpientes. He impartido dos clases que casi no he podido darlas porque no hay luz. Indudablemente, aunque a veces se soslaya, no vale solamente con el interés”.
Una de las anécdotas más significativas y risibles de su vida fue al lado de Alcides San pedro, hoy especialista del grupo de vertebrados: “Fuimos a la Ciénaga de Zapata a trabajar. Un chofer de la universidad nos llevó. Cuando vamos a buscar el carro no estaba, nada más que teníamos diez pesos en el bolsillo. El chofer se había encontrado con una amiga y había venido para La Habana. Nos dejó abandonados y tuvimos que vivir una semana de la caridad pública porque nadie nos iba a buscar.
“La pasamos muy mal, aunque después no reímos. Alcides era un fumador empedernido, de dos cajas diarias. Como no teníamos dinero no pudo comprar un cigarro. Después de ese día nunca más fumó.
—¿Para usted qué es ser zoólogo?
—Primero, amar. Amar a los animales con un concepto de lo que es verdaderamente la empatía. Se debería tratar de respetarlos y siempre toda acción que se haga pensarla en la conservación de las poblaciones y la especies.


“El zoólogo, sobre todo, tiene que tener amor por la profesión, ver la importancia de los animales como compañeros nuestros de evolución”.
Sensibilizar, para Torres Fundora, es recordar a tus antecesores y reconocerlos. Se lo demostró su hijo recientemente. Javier Torres publicó su segundo capítulo de tesis doctoral, en la cual hay una nueva especie descrita de reptil, que está nombrada annolis torres fundorai, dedicada a su padre. La dedicatoria fue en honor al trabajo que Orlando ha hecho de concienciar a las personas en la protección de la naturaleza.
Orlando no quiso culminar la entrevista sin reconocer, ni recordar: “El doctor Vicente Berovides, ya fallecido, fue una persona fuera de liga, a la cual le debo mucho; yo creo que parte de mi amor por la naturaleza se debió a las clases de evolución que recibí de él.
“Berovides fue un preceptor de mi hijo, visitaba mucho a mi familia. La biología cubana perdió cuando murió. También ganó a través de sus publicaciones, su forma de ser, su trabajo en toda Cuba”.
