Vista al borde de un salto.
Domingo 3 de agosto del 2008
Entre tanta apretazón que vivíamos en aquella lluviosa madrugada, Alfredo casi se sale del sarcófago y le dijo a Lizet que empujara. Ronny estaba completamente atravesado entra la gente. A mí se me montaban los músculos y tenía que estirar las piernas. Magela dormía boca arriba con los brazos estirados y Wilfredo la despertó para decírselo, porque así ocupaba más espacio; entonces Magela rectificó. En un momento, las hermanas Ana y Magela sacaron al Miki del sarcófago de la apretazón y entonces el Miki pidió “asilo” en la tienda de Maikel, quien la había armado afuera. Rayner dormía con varios pies arriba. Alfredo salió a orinar y, sin darse cuenta, le echó el líquido encima a la mochila de Magela. Todo eso se vivió en la lluviosa y apretada madrugada.
Por fin llegó la ansiada claridad. Nos desenredamos de la apretazón y fui a buscar agua al arroyo, pues no había para hacer el refresco. Desayunamos galletas con guayaba y el refresco, recogimos y partimos de regreso.
Subimos al firme, bajamos a la primera aguada, volvimos a subir, bajamos a la otra aguada, nuevamente a subir, el descenso a Ana Laura, otra subida y la bajada a la Montura. Subimos al entronque de los Cedrones y, siguiendo el firme, nos encontramos con el grupo de Geografía que conocimos en el camión para Baracoa. Entre ellos no iba el español que los acompañaba, pues se sentía mal. Los iba guiando Vilmedi, trabajador del Parque Alejandro de Humoldt a quien ya conocíamos desde el año 2006, que vivía por El Naranjo del Toa.
Después de los saludos, seguimos la marcha. Bajamos al cocal y de allí continuamos el descenso hasta el campamento, adonde llegamos pasado el mediodía.
Allí estaban los dos amigos de Adognis y Maikel: Bardoquín, un experto en rescate y salvamento, y Teherán, el artista que protagonizó un serial sobre bomberos, y que, en su realización, hizo una gran amistad con Baldoquín.
Desde que veníamos bajando, Idalmis decía que lo que le hacía falta era un trigueño alto para quitarse todas las penurias vividas. Entonces Maikel y Adognis instaron a Teherán a que entrara en la tienda de campaña de Idalmis. ¡Y cuál fue la sorpresa de la muchacha al encontrarse en su propia tienda al trigueño alto!
En su convalecencia en el campamento (aunque aún tenía fiebre), el español había convivido con los malnombristas que allí se habían quedado, comiendo del grupo y haciendo buena amistad.
Frente al campamento, del otro lado del río, se amarró una cuerda a un árbol y de ella comenzó a tirarse la gente hacia el río. De todos, Luisito fue el que más lejos llegó en sus tiradas. Idalmis, en una tirada, se le enredó un dedo, haciéndose una fractura. Los “bomberos”, es decir, los integrantes del grupo “Extremo”, le entablillaron el dedo, pero así no podría ir a la próxima exploración en busca de Salto Fino abajo, con el consiguiente descenso por arroyo del Infierno.
Más tarde Maikel y Adognis me pidieron hacer una reunión. Ya en el meeting, le explicaron a los malnombristas que la búsqueda de Salto Fino abajo y el descenso del arroyo sería duro, que ellos nunca habían subido con un grupo tan grande y que había que tener disciplina.
Arroyo del Infierno, después de la caída de Salto Fino, tiene unos 20 saltos más que oscilan entre los dos y los quince metros de altura, hasta desembocar en el río Quibiján. Son unos 1500 metros de largo que tiene el arroyo en este tramo, bordeado por laderas muy inclinadas. Es decir, es un tramo sumamente accidentado, donde las frecuentes lluvias le ponen más condimento a su descenso. Para hacer este recorrido contaríamos con la experiencia y el equipamiento del cuarteto del grupo Extremo. Los malnombristas pondríamos las ganas y el arrojo.
Por la tarde se preparó el tiroteo con Ichi guiando en la cocina, conformándose un menú de espaguetis y pescado. Mientras tanto, Alejandrito Figueroa, Luisito y otros niños prepararon una fogata, la cual fue encendida a las siete, cuando todavía quedaba más una hora de luz solar, por lo que Maikel y yo la apagamos desbaratándola. Ello provocó que Alejo y Ailín se molestaran. Algunos jodedores hicieron entonces una caricatura de Alejo y la colgaron en la fogata, pero ello provocó la molestia de sus hijos Alejandrito y Bety. Luego de aplacados los ánimos, Alejandrito y Luisito hicieron una fogata aparte.
Finalmente, se disparó el tiroteo y, ya de noche, se encendió la fogata. Alrededor del fuego se levantó una tertulia, la cual fue acompañada de canciones. La tertulia terminó con una discusión entre Ana y Teherán sobre la energía nuclear, en la que Teherán apoyaba la construcción de centrales eléctricas, mientras Ana la rechazaba. Después de un día tan intenso y en la víspera de otra jornada que también se presagiaba intensa, el sueño cundió en el campamento.
Lunes 4 de agosto del 2008
En la nueva jornada nos levantamos con la claridad, desayunamos leche con chocolate, guayaba con galletas, además de boronilla de galletas, y partimos los 24 que íbamos para la nueva exploración, pasadas las ocho de la mañana.
Después de cruzar el río y antes de iniciar el ascenso de la inclinada ladera, Adognis quiso ponerle un número a cada malnombrista para que respondiera a su conteo, pero solo provocó que se formara un relajo. Por eso, al llegar al cocal, él y Maikel hablaron serio con el grupo, y entonces Adognis por fin logró poner los números.
Maikel sería el Uno, Adognis el Dos, yo el Tres, y así los demás, hasta Ronny, quien sería el último con el 24. Al seguir la subida, se entrenó el conteo de los números, pero tampoco dio resultados, porque al decir Adognis “Cuenta”, la gente le siguió con la canción de los Van Van “Cuéntame qué te pasó…”, Lorenzo dijo “Ronaldo” en vez de 9, otro dijo raíz cúbica, otro la integral, y así siguió el cuero, hasta que los “bomberos” tuvieron que desistir.
Partimos del cocal tomando hacia la derecha, en vez de subir al firme, porque nuestra meta era Salto Fino abajo, no arriba. En la delantera del grupo iban Adognis y Maikel guiando, y yo junto a ellos. Pasamos la aguada a la que llegamos los malnombristas en el 2006 y seguimos faldeando bajo las sombras de grandes árboles, que impedían el crecimiento de la maleza sobre el suelo, aunque se podían ver arbustos espinosos por los alrededores. La idea era faldear sin subir ni bajar mucho, para llegar a la base del Salto.

Más adelante el faldeo se complicó por la inclinación del terreno. Encontramos un viejo trillo y lo seguimos, pero pronto se perdió. Pasamos otra aguada y otra más, calculando que la última debía ser Ana Laura, porque tenía mayor caudal que las anteriores. En la supuesta Ana Laura, Maikel cogió una jaiba y esta le dio una mordida, haciéndole una herida en un dedo cuando él tenía las dos manos ocupadas. Entonces Maikel le dio una mordida, matando a la jaiba.

Llegamos a un derrumbe que tenía una empalizada en la parte de abajo. Decidimos cruzar por la empalizada y subir un poco, pero sin llegar a lo alto del derrumbe. En medio del complicado paso por la empalizada Aurora gritó: “¡Cuidado con las orquídeas!” y Ailín respondió: “¡Qué orquídeas de qué carajo!”.

Ya del otro lado, escuchamos el sonido de una aguada corriendo por debajo y tuvimos la indecisión de seguir faldeando o bajar. Finalmente, bajamos por un tramo complicado hasta caer en un arroyo que creímos que era Arroyo del Infierno, cuando ya había pasado el mediodía.
Avanzamos por el cauce hasta llegar a un salto que era imposible bajar a mano, por lo que debía prepararse el descenso con cuerdas. El salto tenía unos siete metros de altura y en su borde Maikel y Adognis hallaron una estaca puesta por ellos en otra excursión, dándose así cuenta de que estábamos en Ana Laura y no en Arroyo del Infierno, es decir, íbamos a dar con el Infierno más abajo de la base del Salto. Aquello me molestó, porque el objetivo era llegar a la base de Salto Fino y ya por allí no lo conseguiríamos, y se lo dije a Maikel y a Adognis. Ellos me dijeron que ya estábamos apretados con el tiempo. Les respondí que esa decisión la debieron consultar conmigo. En fin, que Salto Fino abajo quedaría para una nueva ocasión.
Los cuatro del grupo Extremo prepararon la bajada del piquete con cuerdas, pero no con arnés, sino con una cinta ajustada al cuerpo. Descendieron primero Adognis y Teherán con una cuerda, para recibir a la gente abajo. El primero en descender con cinta fue Alfredo y le seguí yo detrás. Después continuó el resto de la tropa. Cuando Yensi bajaba, se dio un tirón que le provocó un fuerte golpe en la espalda, llegando abajo con un sollozo. El problema es que había que tener la cinta tensa, porque si se liberaba, al caer el cuerpo, daba un tirón. A las “cuerdas” los malnombristas les decíamos “sogas”, pero los de Extremo siempre nos rectificaban.
Seguimos arroyo abajo hasta llegar a otro salto, aún más grande que el primero, pues tenía unos diez metros de altura e impresionaba. Por la izquierda del salto, arroyo del Infierno recibía las aguas de Ana Laura. Detrás, subiendo por el Infierno, quedaba un salto que no bajaríamos, al que los de Extremo le decían “Primer Chorro”.
Los cuatro de Extremo comenzaron a preparar el descenso. Primero bajaron Adognis, Bardoquín y Teherán, quedándose Maikel arriba para preparar a cada uno del resto del grupo antes del descenso. Alfredo fue el primero en bajar con la cinta ajustada. Detrás iba yo, pero Maikel me dijo que cogiera por el monte para ver si se podía bajar por las laderas, evitando el descenso con la cinta, pues este iba a ser muy lento, la tarde avanzaba y nos podía coger la noche antes de llegar al único tramo del arroyo propicio para acampar.
Sin perder tiempo, comencé a subir una fuerte pendiente por la orilla derecha del arroyo en su descenso. Al llegar a una buena altura, comencé a bajar y a bajar por la inclinada ladera, hasta acercarme al arroyo, ya en una altura menor a la base del salto. El final para llegar al arroyo era bastante complicado y me tuve que tirar desde alrededor de un metro y medio de altura. No obstante, me pareció que con ayuda y formando una cadeneta humana, el grupo podía bajar por allí y sería más rápido que continuar el descenso del salto con la cinta.
Al llegar al arroyo miré para arriba para gritarle a Maikel que cogiera el monte con la gente, pero este ya había tirado las cuerdas y partido por el monte con la tropa sin esperar el resultado de mi travesía. La partida de este grupo se inició yendo primero Wilfredo de exploración, pero este se detuvo en un lugar donde no podía seguir. Hasta allí subió el resto del grupito. Al rato el Miki regresó al borde de arriba del salto para ver si yo había regresado y en eso me oyeron gritarles desde abajo.

Mientras esto sucedía, en la base del salto, los otros tres de extremo y Alfredo vieron un nuevo salto, aún mayor que los anteriores, y comenzaron a preparar el descenso del grupo.
Yo andaba preocupado por los de arriba, por lo que comencé a trepar por donde mismo había bajado para ir a su encuentro, mientras les gritaba para que supieran de mi ubicación, que era por donde debían bajar.
En medio de mi ascenso, los de abajo me empezaron a gritar para saber si los de arriba bajarían por allí o si pasarían también el otro salto por el monte. Yo los escuché y los pude entender, pero cuando intenté responderles que aún no sabía lo que había por delante, ellos no me podían oír, porque estaban al lado del chorro de agua del nuevo salto. Entonces Bardoquín me habló en sílabas y me dijo que le respondiera también en sílabas.
En medio de ese enredo comunicativo, los de arriba me comenzaron a gritar y noté que había tensión entre ellos. Grité entonces “Maikel” y me respondieron desde arriba los dos Maikel (el que le decíamos “Maikel” y el que le decíamos “Miki”), pero desde lugares diferentes, por lo que comprendí que estaban separados.
Otros más respondieron a mis gritos. Aurora quiso poner orden diciéndole a Maikel que había que gritarme organizadamente y Maikel le dijo que ella misma lo hiciera. Entonces Aurora me gritó, pero con su voz finita, lo cual serviría más adelante para un gran cuero que se resumió en el siguiente pregón que supuestamente decía Aurora con su vocecita: “Malanga a $ 2.10”. En toda aquella gritadera, los de arriba no entiendían por qué les hablaba en sílabas.
Vino entonces un impase, hasta que vi aparecerse a Maikel por una parte que tenía un farallón debajo. Le grité entonces que se corriera para su izquierda para evitar el farallón. Maikel se corrió, sacó una cuerda negra y comenzó a preparar el descenso del grupito, mientras yo subía hasta una altura para recibir a los que descenderían. Lorenzo bajó de primero y se colocó en un punto intermedio entre Maikel y yo. Las posiciones de Lorenzo y mía las manteníamos afincados en árboles, porque la pendiente era bastante pronunciada.
Con todas las posiciones listas, Maikel le gritó a Ana para que bajara, pero ella se resistió diciéndole: “Yo no puedo, no tengo fuerza en los brazos”. El problema era que, por lo inclinada de la ladera, tenía que bajar agarrada de la cuerda. No obstante, Ana comenzó a bajar de primera y Lorenzo le comenzó a indicar lo que debía hacer. Ana, ya más cerca de mí, al verme, me dijo que no tenía fuerza en los brazos, que no iba a poder. Entonces le di ánimos y la insté a que bajara hasta mí. Ana entonces se deslizó por la pendiente y la pude recibir en mis brazos.
Comenzaron entonces a bajar los hombres, mientras continuaban cayendo piedras por mis alrededores porque, con cada bajada, se desmoronaban fragmentos de la ladera. Finalmente, llegamos todos a “salvo” al arroyo, liberándose en parte las fuertes tensiones que habían surgido en el accidentado descenso.
Nos acercamos entonces al nuevo salto, el mayor de Arroyo del Infierno, después de Salto Fino con unos quince metros de altura cayendo el agua sobre una poceta, pero para llegar al borde había que rebasar una primera poceta donde no se daba pie. Desde el otro lado, Alfredo le dijo a Ana y a Ailín: “Es por aquí”. Ana se tiró y pasó sin problemas, pero Ailín se quedó como congelada, entonces Wilfredo le hizo señas a Alfredo, haciéndole saber que ella no sabía nadar. Alfredo, al darse cuenta, la auxilió, amparado en su pasado como nadador. Detrás se tiraron otros, pero Roque tampoco sabía nadar y lo tuve que halar para sacarlo del trance.
Los de Extremo habían preparado el descenso del salto a modo de una especie de funicular. Abajo estaban Baldoquín y Teherán, mientras arriba Adognis le pondría la cinta a cada uno. Yo me quedé para el final.
En el descenso era necesario mantener una tensión desde abajo, porque si no, el que bajaba se hundía bruscamente, dándose un fuerte tirón. Para mantener la tensión de la cuerda desde abajo, Teherán se sentó en el suelo y afincó sus dos enormes botazas. Ana descendió de primera y sin problemas por el largo recorrido del “funicular” y, ya abajo, se sentó detrás de Teherán para hacerle contrapeso.
Poco a poco fueron bajando los demás. La tensión de la cuerda hacía que cada uno que bajaba, tocara el agua antes de la tierra, para que no se golpeara. Lorenzo (tampoco sabía nadar) y Roque descendieron con salvavidas, por si acaso.
Al final del descenso comenzó a oscurecer y aún nos quedaba caminar un tramo del arroyo para llegar al sitio de acampada. A partir del salto había unos 800 metros sin caídas de agua. Maikel se había ido adelante con la mayor parte del grupo. Después se fueron Ana y Adognis. Detrás me fui con Ronny y Alberto, y por último partieron Teherán y Bardoquín, después de recoger las cuerdas.
Maikel, aún con claridad solar, guió a su grupito hasta el lugar más allanado que pudo encontrar y allí la gente empezó a buscar un sitio para pasar la noche. Los de atrás llegamos completamente a oscuras al lugar. Cuando comenzamos a preparar un tiroteo frío, empezó a llover, como si no bastara. Salieron de las mochilas varias latas de pescado, las juntamos y repartimos raciones, además de tostadas casi en boronilla. También preparamos refresco. Aurora y Tania, las macrobióticas del grupo, aportaron unas galletas de arroz, que eran más polvo que otra cosa. Adognis hizo una sopa rara, que ya había preparado en otras ocasiones en la guerrilla. A pesar de la humedad reinante, se logró levantar una fogatica.

Después del tiroteo nos dispusimos a dormir a como fuera. Para ello, salieron a relucir varios nylon que servirían para taparnos. En general, la incomodidad era bastante grande, porque había muy poco espacio entre la orilla y la ladera y porque abundaba el terreno rocoso. Entre todos, resaltaban Roque, quien pasaría la noche sentado, tapado con un nylon ecológico, y Ronny, quien dormiría literalmente sobre rocas. La lluvia, en forma de llovizna, molestó a ratos.
(Continuará la próxima semana)
