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La meseta de Cajálvana

Miguel Alfonso Sandelis
17 julio 2026 | 0 |

La meseta de Cajálvana es una bella altiplanicie, donde un clima refrescante y hermosos pinares invitan a visitarla. Su altura media ronda los 300 metros sobre el nivel del mar. Al pie de su ladera occidental corre el río Tortuga. En el centro de la meseta se ubica un pequeño poblado que resalta por sus edificaciones. Aledaño al poblado se levanta la notable construcción, tipo Girón, de un instituto tecnológico. Hacia el extremo sur de la meseta se alza una antena repetidora de señales de televisión.

La meseta de Cajálvana forma parte de la Sierra del Rosario, ubicándose en su extremo norte. Al este de dicha altiplanicie se alza el Pan de Guajaibón, mayor elevación del occidente del país.

Para acceder a la meseta es preciso tomar la carretera del Circuito Norte, el cual recorre territorios de las provincias Artemisa y Pinar del Río. Pasando los poblados de Mariel, Quiebra Hacha, Cabañas y Bahía Honda, se llega al de La Mulata. Después de este, se deja el Circuito Norte en el entronque de Las Margajitas, para ascender por una carretera que lleva directo hasta lo alto de la meseta, tras recorrer seis kilómetros.

Jueves 17 de agosto de 1995

Una excelente mañana de agosto, trece malnombristas pusimos fin a una “botella” en el Circuito Norte, justo en el entronque de Cajálvana, tras haber amanecido en la base de campismo Playa Pajarito. Comenzamos el ascenso por carretera con el cítrico esparcido por doquier, hasta que los pinos ocuparon su lugar. De seis kilómetros era la distancia a recorrer para adueñarnos de la altura aplanada.

La meseta de Cajálvana vista desde el Pan de Guajaibón.

Kilómetro a kilómetro, la temperatura iba descendiendo levemente, percibiéndose ese agradable frescor de las montañas donde el aire se hace puro a los pulmones. La suave brisa era el único contraste con el silencio montuno, junto al canto de algún que otro sinsonte o pitirre. Callábamos como embelesados, sin que hubiera tiempo para el cansancio.

Al fin arriba, la mirada amplió su recreo, atrapando hacia el este la curiosa silueta del Pan de Guajaibón. En un extremo de la meseta, una antena de televisión se empinaba para darle cobertura a toda la zona. Pero allá no llegamos, pues doblamos a la derecha para agruparnos frente a unos anacrónicos, pero prácticos edificios de viviendas de los trabajadores de la zona, que se hallaban a la derecha de la calle.

Buscamos algo de comer –ya era hora– y en un apartamento de uno de los edificios nos despachamos unos riquísimos batidos de mamey. En la estancia frente a la vivienda, Manolo comentó que era abundante el camarón de río en el Tortuga. Pero un lugareño le ripostó diciendo que dicho camarón abunda en todos los ríos que bajan del lomerío, menos en el Tortuga.

Arrancamos entonces en busca del río, dejando primero a la izquierda una gran escuela de construcción Girón. Un camino rojizo era la senda a seguir y por él nos lanzamos en descenso, hasta detenernos en un claro donde años atrás existió una base de campismo. Solo restos de mampostería, canaletas y vigas de acero recordaban a la base.

Seguimos la bajada, hasta que el camino desembocó en una extensa escalera de concreto, medio oculta por la maleza. Apartando con las manos unas espinosas ramas, la escalera nos llevó finalmente hasta un pelado de tierra, y unos metros más abajo el Tortuga nos recibió.

El río, de unos cuatro o cinco metros de ancho, tenía poca profundidad y su lecho era pedregoso; el agua corría limpia. Soltar las mochilas, quedarnos en trusa y bañarnos fue una misma cosa, pues la temperatura, tras el descenso, nos recordaba que estábamos en pleno agosto.

Al rato me aventuré a seguir el camino que continuaba del otro lado del río. Una tierra poco fértil, ondulada y minada de arbustos, me dio la bienvenida. Avancé unos cientos de metros y regresé al río.

Al poco tiempo, la tarde comenzó a nublarse, hasta que una lluvia, convertida pronto en un torrencial aguacero, nos comenzó a calar los huesos, sin techo para guarecernos.

Pasado un tiempo y sufriendo el frío cada vez más, hicimos lo único atinado en aquellas circunstancias: partir de regreso. Con la ropa y las mochilas empapadas, ascendimos, sintiendo a mitad de la escalera cómo la lluvia amainaba. Continuamos la subida y, ya arriba, entramos en la escuela y nos tiramos húmedos sobre el lecho de granito del pasillo principal.

Pero la tarde avanzaba y el hambre también. Con los cacharros de cocina y los bultos de comida, plantamos en el sótano de la escuela hasta lograr un arroz con carne, que devoramos ya de noche, tras pasar algún trabajo a causa de la leña húmeda.

Luego regresamos al pasillo y soberanamente nos tiramos a dormir sin importarnos las miradas extrañadas de algunos lugareños. La dureza del piso y el acoso de algún que otro mosquito no impidieron el sueño de los trece malnombristas.

Viernes 18 de agosto de 1995

El despertar sobre el suelo de granito vino a la par de la incipiente claridad. Ya todos en pie, compramos panes con queso en un puestecito gastronómico que ofertaba un mostrador ubicado a un lado del pasillo. Con refresco completamos el desayuno y, tras consumirlo, recogimos y partimos.

La bajada de regreso por la carretera conocida, nos regaló una carreta halada por un tractor a mitad de camino. Subimos y al rato descendimos frente a la empresa a la que pertenecía la carreta.

De regreso, trepándonos en la carreta.

Finalmente, caminamos algunos cientos metros hasta llegar al Circuito Norte, terminando así el periplo por Cajálvana. Solo nos quedaban dos botellas hasta Bahía Honda y Mariel y una guagua de línea que nos llevó a La Habana cuando la tarde imperaba.

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