Bojeo a Cuba: Una expedición científica por el archipiélago cubano. Foto: Naturaleza secreta
Durante 53 días, el mar fue laboratorio, ruta de navegación y objeto de estudio. A bordo y desde tierra, decenas de especialistas siguieron las huellas de la biodiversidad marina cubana, desde los arrecifes coralinos hasta las aguas oceánicas, para construir una imagen más amplia de los ecosistemas que rodean el archipiélago.
La expedición recorrió 1 858 millas náuticas y acumuló 584 horas de observaciones. En ese trayecto, los equipos investigaron 23 zonas, examinaron 69 sitios de arrecifes coralinos y estudiaron otros 66 en aguas oceánicas. Cada estación de muestreo permitió acercarse a una parte de un sistema complejo, donde las condiciones del agua, los organismos y la actividad humana se relacionan de múltiples maneras.
El trabajo exigió combinar miradas y métodos. Las investigaciones abarcaron desde las variables hidrológicas y las comunidades microbianas hasta el zooplancton, los peces, las aves marinas, la megafauna y los microplásticos. No se trataba únicamente de registrar especies, sino de comprender las condiciones en que viven y las presiones que pueden comprometer su supervivencia.
Los números dan una medida de ese esfuerzo: 1 792 transectos, 64 mil metros cuadrados de arrecifes coralinos evaluados, 320 horas de buceo y 200 muestras de agua y sedimentos recogidas. A ello se sumaron horas de observación mediante sistemas de cámaras submarinas, tanto en los arrecifes como en aguas oceánicas.
Detrás de ese despliegue participaron científicos, asistentes y tripulantes, junto a equipos de comunicación, en una labor que involucró a 31 instituciones cubanas y extranjeras. El resultado no es una fotografía definitiva del mar cubano, sino una base de información para reconocer patrones, identificar amenazas y orientar nuevas investigaciones.
¿Qué revelaron esas jornadas sobre el estado de los arrecifes, la presión pesquera, el calentamiento del mar y la efectividad de las áreas protegidas? Esas preguntas estuvieron en el centro del Taller “Bojeo a Cuba”, donde los especialistas presentaron sus resultados y debatieron cómo convertir la evidencia científica en decisiones para la conservación.
Ciencia para transformar la política ambiental
La investigación científica debe traducirse en decisiones concretas para la economía, la sociedad y la protección del medio ambiente. Ese fue uno de los planteamientos centrales de Armando Rodríguez Batista, ministro de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), durante este taller dedicado a socializar los resultados de la expedición y evaluar alternativas para el manejo de las áreas marinas protegidas, la pesca, el turismo y la participación comunitaria.

El titular del CITMA destacó que la ruta de trabajo presentada ante el Consejo de Ministros es resultado de la articulación entre investigadores, universidades, instituciones científicas y estructuras de Gobierno. Su propósito es garantizar que los conocimientos generados lleguen oportunamente a quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones.
Cuba cuenta con alrededor de 60 instituciones científicas, incluidas universidades, que contribuyen al estudio de los problemas ambientales y a la elaboración de respuestas. Entre los principales desafíos figura el cambio climático, cuyos efectos exigen investigaciones capaces de anticipar escenarios para las próximas décadas y formular recomendaciones ajustadas a las condiciones de cada territorio.
Rodríguez Batista también reconoció la labor de investigadores, técnicos y obreros que sostienen la actividad científica, así como la importancia de proteger las instituciones de investigación y garantizar la continuidad de sus estudios pese a las dificultades económicas y materiales.
El ministro insistió en que la política ambiental necesita mantener una relación estrecha entre la producción de conocimientos, la gestión gubernamental y las necesidades de la población. Desde esa perspectiva, la investigación no debe limitarse a identificar problemas, sino contribuir a resolverlos mediante decisiones sustentadas en evidencias.
Cuba Biodiversa: una estrategia con horizonte en 2050

El taller incluyó la presentación del Programa Nacional sobre la Diversidad Biológica, conocido como Cuba Biodiversa, que establece una hoja de ruta para reducir la pérdida de biodiversidad y avanzar hacia un modelo de desarrollo sostenible.
Su visión hacia 2050 plantea que la biodiversidad sea valorada, conservada, restaurada y utilizada de manera sostenible, de forma que se mantengan los servicios de los ecosistemas y se garantice un medio ambiente sano y equilibrado que proporcione beneficios esenciales para la población.
Para avanzar hacia esa meta, la misión establecida hasta 2030 consiste en adoptar e implementar medidas que disminuyan la pérdida de diversidad biológica cubana, como contribución a la seguridad nacional y al desarrollo próspero y sostenible de la economía y la sociedad.
Entre sus objetivos figuran la conservación de paisajes, ecosistemas, especies y genes; el mantenimiento o restablecimiento de la integridad, conectividad y resiliencia de los ecosistemas naturales; y la reducción del riesgo de extinción de especies amenazadas, especialmente las que se encuentran en peligro o en peligro crítico.
El programa también promueve el uso sostenible de la diversidad biológica, la distribución justa y equitativa de los beneficios derivados de los recursos genéticos y los conocimientos tradicionales asociados, así como el fortalecimiento de las capacidades nacionales. Para su implementación, contempla la participación plena, inclusiva y equitativa, con perspectiva de género.
Arrecifes bajo presión: principales resultados de las investigaciones
Los arrecifes coralinos cubanos muestran condiciones ecológicas diferentes y enfrentan amenazas tanto globales como locales. El calentamiento del mar, la presión pesquera y las limitaciones en la aplicación de las regulaciones figuran entre los factores que requieren atención.

Desde la oceanografía, el Dr. Alain Muñoz señaló que las aguas arrecifales cubanas presentan, en general, buenas condiciones de oxigenación, salinidad y equilibrio del sistema de carbonatos. Según los resultados expuestos, la contaminación por nutrientes a gran escala no parece constituir actualmente la amenaza más extendida, mientras que el aumento de la temperatura afecta de manera general a los arrecifes.
La plataforma sur registra temperaturas casi 1,8 grados Celsius superiores a las del norte, una diferencia relevante para establecer prioridades de monitoreo y conservación. La ola de calor de 2023 fue interpretada como una manifestación extrema de un proceso sostenido de calentamiento del Caribe y de las plataformas cubanas.
Los estudios sobre microorganismos indicadores, por su parte, identificaron señales de posibles alteraciones ambientales en arrecifes de Santa Lucía-Pinar del Río, Bahía Honda, Cayo Francés y Cayo Coco. La presencia de determinados microorganismos y de especies potencialmente nocivas de dinoflagelados y cianobacterias apunta a condiciones que requieren seguimiento.

En cuanto al zooplancton, los copépodos constituyeron el grupo dominante de las comunidades estudiadas. La región centro-sur presentó mayor riqueza y diversidad, mientras que la distribución relativamente homogénea entre estaciones y el predominio de crustáceos sobre el zooplancton gelatinoso fueron considerados compatibles con condiciones ambientales favorables en los sistemas arrecifales analizados.
Los resultados sobre las comunidades bentónicas revelaron diferencias en el estado ecológico de los arrecifes. Aquellos alejados de grandes ciudades, de difícil acceso o situados en áreas marinas protegidas con manejo adecuado, como la península de Guanahacabibes, Ancón y Jardines de la Reina, mostraron mejores condiciones. Aunque la prevalencia de enfermedades coralinas fue baja, inferior al dos por ciento, el blanqueamiento constituyó la principal afectación observada. Las consecuencias de la ola de calor de 2023 y de la llegada del síndrome blanco a Cuba todavía necesitan evaluarse.
En el caso de los peces de arrecife, Fabián Pina Amargós expuso que la biomasa de ejemplares de talla grande y la frecuencia de observación de tiburones son generalmente bajas, al igual que la diversidad funcional de estas comunidades. Los resultados mostraron cambios asociados con la intensidad de la pesca y el grado de aplicación de las regulaciones.

El investigador advirtió que las áreas marinas protegidas no están siendo suficientemente efectivas para conservar la ictiofauna a la escala requerida. No obstante, existen arrecifes con mayor biomasa de peces grandes y presencia frecuente de tiburones en sitios donde se han aplicado medidas de manejo en diferentes escalas.
Los avistamientos de megafauna marina aportaron datos de referencia para Cuba, aunque las altas temperaturas del verano de 2023 y las capturas incidentales e ilegales podrían explicar el bajo número de individuos observados. Los especialistas recomendaron realizar censos durante otras épocas del año y por períodos más prolongados, con metodologías específicas para estos grupos.
En cuanto a las aves marinas, el estudio presentado por Antonio García-Quinta constituyó la primera evaluación extensiva de su distribución y densidad en aguas cubanas durante la estación reproductiva. Las regiones occidental y norcentral concentraron los mayores números y diversidad de aves, un patrón que parece relacionarse también con un menor efecto de los factores humanos analizados. Sin embargo, las zonas con mayor cobertura de áreas marinas protegidas no coincidieron completamente con aquellas que registraron más familias y mayores densidades de aves.

La actividad humana fue otro de los ejes de análisis. La investigación presentada por Tamara Figueredo Martín identificó la pesca artesanal como el factor humano predominante que influye en los arrecifes coralinos cubanos.

Muchos de estos ecosistemas están sometidos a una intensa actividad pesquera, especialmente por embarcaciones pequeñas. Aunque numerosos arrecifes cuentan con protección legal y presentan niveles relativamente bajos de contaminación, la aplicación de las regulaciones ambientales y pesqueras resulta deficiente.
El estudio también constató que los desechos marinos fueron generalmente menos abundantes en aguas cubanas que en otras zonas de la región y que su presencia era todavía menor dentro de las áreas protegidas. No obstante, los investigadores señalaron que varios factores humanos pueden actuar de manera simultánea, lo que dificulta su gestión.
Frente a este escenario, el turismo sostenible puede contribuir a disminuir la presión pesquera y favorecer el cumplimiento de las regulaciones, siempre que su desarrollo se acompañe de una gestión adecuada. Las experiencias de coordinación entre los sectores turístico y pesquero identificadas en Cuba ofrecen referencias para ampliar este tipo de prácticas.
El reto ahora es convertir los conocimientos científicos acumulados en decisiones concretas que respondan a las particularidades de cada territorio. La conservación de los arrecifes y el aprovechamiento sostenible de los recursos pesqueros requieren acciones locales, coordinación entre los distintos niveles de gestión y una mayor incorporación de la ciencia a la toma de decisiones. Los resultados del taller marcan un punto de partida, pero su verdadero alcance dependerá de la capacidad de trasladar las propuestas a la práctica, con las comunidades costeras como parte esencial de ese proceso.
