Por Keira Sánchez e Iramis Alonso
El 9 de septiembre de 2023, en el Parque Nacional Guanahacabibes, se registró un avistamiento de la Bijirita de Cabeza Gris (Geothlypis philadelphia), una especie migratoria considerada accidental y extremadamente rara en Cuba.
El curador naturalista Juan Daguerre, quien se encontraba colaborando como voluntario en el Proyecto Universitario para el Estudio y Conservación de las Tortugas Marinas, documentó este suceso, el cual, después de su verificación, fue publicado el pasado 15 de diciembre en Poeyana, revista cubana de Zoología.
Sobre este cuarto registro de la bijirita de Cabeza Gris en Cuba, que constituye además el segundo documentado de la especie para nuestro archipiélago, Daguerre ofreció detalles para Juventud Técnica:
“Me dirigía a la casa de un montero de la zona cuando, al borde de la carretera, divisé un ave pequeña. De inmediato la enfoqué con el teleobjetivo y logré capturar unas seis imágenes”.
Sin electricidad ni Internet, las fotografías quedaron guardadas en la memoria de la cámara. Serían revisadas con calma días después, en La Habana.

Al repasar las más de 400 imágenes tomadas durante su estancia en Guanahacabibes, llamaron su atención las patas rosadas y el anillo ocular beige, rasgos del género Geothlypis. No coincidían con ninguna de las bijiritas conocidas en Cuba. Con el apoyo de los expertos Hiram González y Nils Navarro, la identidad de la especie fue confirmada. El hallazgo se convirtió en el segundo registro con evidencia fotográfica en el país, sumándose al otro ocurrido en 2018.
“Contar con evidencia fotográfica es fundamental, porque constituye la prueba irrefutable que respalda la veracidad científica. Una descripción verbal puede ser subjetiva, pero una imagen permite que expertos de todo el mundo analicen con precisión los rasgos diagnósticos”, señaló Daguerre.
Más allá del valor anecdótico, el hallazgo aporta información clave sobre las rutas migratorias de la especie. La coincidencia de fechas entre el registro de 2018 y el de 2023 — exactamente el mismo día y mes, con cinco años de diferencia — sugiere que la península es un corredor estratégico dentro de una ruta migratoria mayor.

Asimismo, el avistamiento también pone sobre la mesa los riesgos que enfrentan estas aves durante su tránsito. La deforestación, los incendios forestales y la caza ilegal son amenazas que reducen las áreas de forrajeo y refugio. Para un ave que debe recorrer miles de kilómetros adicionales hacia el sur, cualquier alteración en la calidad de estos sitios de parada incrementa drásticamente su vulnerabilidad energética y el riesgo de mortalidad.
La especie, además, muestra una tendencia negativa en sus poblaciones en Norteamérica, lo que hace más crucial garantizar que esté protegida durante la migración. Entre las medidas necesarias, Daguerre destaca la vigilancia efectiva de las áreas protegidas, la educación ambiental para transformar la percepción local sobre la captura de aves silvestres y la restauración ecológica con flora nativa.

Por otra parte, el naturalista insiste en la necesidad de fortalecer las estaciones de anillamiento y los programas de telemetría internacional, que permitirían transformar encuentros fortuitos en flujos constantes de información científica.
Para Daguerre la lección es clara: “La protección de nuestro entorno natural no es un lujo, sino una necesidad urgente para la estabilidad de la vida. Cada árbol que se mantiene en pie, cada incendio que se previene y cada práctica de caza que se erradica, contribuyen directamente a la salud biológica de nuestro archipiélago y del continente”.
