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XIX Olimpiada Centroamericana y XVII del Caribe de Química: Memorias de la gratitud

Claudia Arias Espinosa
25 agosto 2026 | 0 |

El día de la premiación, los cuatro cubanos se quedaron dormidos. Se habían acostado sobre las 2:00 am, porque ¿quién puede pegar un ojo a solo horas de conocer cómo le fue en la XIX Olimpiada Centroamericana y XVII del Caribe de Química?

Carlos no, definitivamente. En tres años de estudio, esta era su primera y única oportunidad de demostrar, como concursante, su dominio de la ciencia de la materia y sus transformaciones. No quería, no podía irse “sin regalarles un buen resultado a las personas que estuvieron en el proceso de mi preparación”.

Thays, la anfitriona panameña que les sirvió de guía a lo largo de esa semana, tuvo que ir a buscarlos casi a las 7:00 am. “Nos despertamos corriendo y nos vestimos volando”, cuenta Adolfo, quien, en el apuro, se puso la camisa “coja”.

Una hora después entraron a la sala de premiaciones, donde se reencontraron –casi al borde del adiós– con los competidores de Costa Rica, Honduras, El Salvador y Panamá. “Poco a poco todos nos fuimos conociendo; no conocí contrincantes, sino amigos para toda la vida”, asegura Lauren.

Delegaciones y organizadores se fotografían una vez concluido el certamen. Foto: Cortesía de Carlos.

La ceremonia dio inicio con la presentación de cada equipo. Y a los siguientes minutos se resumieron las noches estudiando a oscuras, los viajes a otras provincias para lograr la mejor preparación posible, las lecturas extras, el esfuerzo y la dedicación de tantos años.

Sí, expectativas y nervios iban in crescendo

Quizá el más calmado era Nathan, que contaba con la experiencia de otro evento internacional. “Siempre tengo una visión relativista”, dice, “sea lo que sea y pase lo que pase, todo forma parte del proceso de aprendizaje por sobre el resultado, y todo pasa para hacerme mejor persona y profesional”.

Esta XIX Olimpiada Centroamericana fue, sin dudas, muy aportadora. Incluyó exámenes teórico y experimental, cada uno de los cuales debieron vencer en el plazo de cinco horas.

En el teórico se encontraron con preguntas de Química-Física (50 puntos), Orgánica (37 puntos), Inorgánica (48 puntos) y Analítica (55 puntos). Incisos sencillos y otros muy difíciles. La de Orgánica estaba especialmente “invisible” (o “trifícil”, para los que no dominan la jerga de los jóvenes competidores).

Para los cubanos, sin embargo, el verdaderamente retador fue el práctico. Porque la habilidad en las manos se adquiere “cocinando”. Y para ello, se necesitan recursos (laboratorios, reactivos, instrumentos) de los cuales no andamos sobrados…

La primera tarea del práctico (Química-Física) consistió en construir dos celdas galvánicas (pilas electroquímicas que obtienen electricidad a partir de reacciones redox). Una de Daniels (Zn/Zn²+//Cu²+/Cu), para comparar su voltaje con un valor teórico, y otra (Zn/Zn²+/Fe(CN)6⁴-/Fe(CN)6³-).

“Además de calcular algunas cositas, lo que nos cayó como anillo al dedo para raspar puntos”, explica Adolfo.

Laboratorio donde realizaron la prueba práctica, en Panamá. Foto: Cortesía de Carlos.

Para la segunda (Orgánica) debieron extraer el compuesto limoneno de unas cáscaras de naranja: les añadieron unos 50 ml de NaOH, separaron las dos fases que se formaron con un embudo separador, calentaron esa muestra y la echaron en hexano. Luego, a una muestra que les dieron, le añadieron cuatro gotas de hexano. Posteriormente, con un capilar (“un tubito muuuy chiquito”), colocaron ambas muestras en una placa cromatográfica, las secaron un poco, aplicaron revelador vainillina en ácido sulfúrico, las pusieron a calentar y esperaron el cambio de color.

“Luego, hacer un proceso muy  similar con otra muestra de pectina. Tomaba entre una hora y media y dos horas. Y había que estar a la viva. El hexano se evapora de nada. Nos pasó una vez a mí y a mi compañero Carlos que todo el hexano se nos fue”, señala Adolfo.

No fue fácil.

Pero ya estaba hecho.

Delegación cubana, momentos antes de empezar la premiación. Foto: Cortesía de Carlos.

En el acto de premiación terminaron de anunciar los bronces.

Carlos Daniel Asin López, de Cuba, abrió el medallero plateado.

Hay que fijarse bien, porque casi siempre le escriben mal el primer apellido a este camagüeyano de 17 años. El interés por la Química le nació gracias a sus profesoras de secundaria. En 9no grado llegó incluso al concurso nacional, “sin resultado vistoso”.

Pero la pasión por la disciplina creció por las noches, cuando veía a su hermano (solo por un año) mayor, Marco Antonio, discutiendo ejercicios con sus compañeros. “Verlo teniendo resultados y disfrutándolo tanto, me hizo querer hacer lo mismo”.

Se lo tomó en serio en el concurso del preuniversitario, donde conoció a sus entrenadores, “los cuales me hicieron amar la asignatura aún más”.

Carlos al llegar a su provincia. De izquierda a derecha: Julito (su entrenador provincial), Marco Asin (su hermano), Roy (un amigo) y Eduardo (IPVCE)./Foto: Cortesía de Carlos.

La preparación intensiva para la XIX Olimpiada comenzó unas dos semanas antes. Estuvo en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) de Camagüey, en la Faculta de Química de la Universidad de La Habana –donde realizaron exámenes teóricos y prácticas de laboratorio– y, “de manera extraoficial”, en Sancti Spíritus (de sus provincias favoritas), para hacer algunas prácticas experimentales.

Una vez concluido el certamen, reconoce que “lo más difícil fue saber controlar los nervios en el examen experimental. Debido a lo poco que podemos entrenar para ese, teníamos poca experiencia. Hubo cosas que nunca habíamos hecho. Fue chocante, pero supimos controlarnos y hacer las cosas bien.

“Lo que más agradezco de estudiar tanto fue la disciplina y los métodos que adquirí. En cuanto al viaje, aprendí que aunque es bonito tener un buen resultado, al final del día lo que importa son los buenos momentos y las buenas amistades que haces en el camino.

“Me quedan varias sensaciones. Gratitud por todos los que me apoyaron durante este largo viaje. Insatisfacción: creo poder explotar más mi potencial y estoy orgulloso de sentirme así, porque eso me motiva a mejorar en el futuro. Felicidad y orgullo de haber obtenido un buen resultado”, dice Carlos que, no obstante, al culminar el 12mo grado en el IPVCE Máximo Gómez Baéz, optará por Ciencias de la Computación.

Antes de partir hacia Panamá. Foto: Cortesía de Adolfo.

Familiares y amigos pudieron ver lo que ocurría en el salón de premiaciones a través del link facilitado por los organizadores. Desde sus respectivos países, compartieron el anhelo y el nerviosismo.

Anunciaron la segunda plata, para un panameño, y la tercera, ¡para otro cubano!, Nathan David Rivadeneira Martínez.

Práctica en el laboratorio de la Universidad de La Habana, como parte de la preparación para la Olimpiada. Foto: Cortesía de Carlos.

Espirituano preciso y eficiente como una ecuación. “Tomarse las cosas con calma y mantenerse cuerdo ante las dificultades. Eso ayuda a alcanzar estos resultados”, dice.

Pronto iniciará el 12mo grado, en el IPVCE Eusebio Olivera Rodríguez. Y sí, le gustaría dedicarse profesionalmente a la Química.

“Desde pequeño siempre me apasionó el estudio científico. Tan solo hizo falta un pequeño empujón de mi entrenador, Agustín Plasencia, para fijar mis motivaciones en la Química, mientras estudiaba el 9no grado en el IPVCE ya mencionado. El porqué es algo difuso, fue simple fijación entre tanta curiosidad por el mundo que me rodeaba”, cuenta Nathan.

Sobre la preparación para la Olimpiada detalla: “Se conformó de un periodo salvable de 12 días de estudio masivo, junto con desempeño experimental. En el Laboratorio de Química General de la UH, realizábamos entre tres y cuatro ensayos completos por día. El proceso duró ocho días y el último, seguimos un protocolo de prueba práctica.

“Dedicábamos las noches a estudiar, a pesar de la difícil situación electroenergética. Durante tres días realizamos simulacros de pruebas teóricas.

“Debido a las condiciones de transporte y eléctricas, no pudimos llegar antes y extender ese tiempo por más de 12 días, pero la densidad de la preparación, asesorada por nuestros instructores, Rolando Alfonso (Jefe de Delegación, IPVCE Villa Clara) y Luis Manuel Díaz (Facultad de Química de la Universidad de La Habana), nos dejaron listos para la Olimpiada”.

Ahora siente tranquilidad, “porque he podido ir y satisfacer la necesidad de un buen resultado y motivación para posibles próximos eventos”.

Pero al momento de la premiación, tranquilidad era lo que menos reinaba en aquella sala. Quedaban pocos escaños en el podio y los no mencionados, aunque satisfechos de su desempeño –el mejor que podían ofrecer– comenzaban a creer que se irían “en blanco”.

Adolfo en el Laboratorio del Lácteo de Ciego de Ávila, pipeteando leche./ Foto: Cortesía del entrevistado.

Otro panameño mereció la cuarta plata. Procedieron entonces a entregar la quinta y última.

“Y ahí me llaman. No me lo creía”, recuerda Adolfo Jorge Díaz Morgado, de Ciego de Ávila, Cuba.

“Agarré la foto de mis bisabuelos Yolanda y Adolfo, subí ya llorando, me da mucho sentimiento recodarlos. En paz descansen mis dos viejitos, que siempre me quisieron y apoyaron; la medalla es más para ellos que para mí. Agarré la bandera y ya ese tramo hasta que bajé a los asientos lo tengo algo difuso”.

Ahora tiene 17 años y estudia en el IPU Pedro Valdivia Paz, pero Adolfo es un competidor nato. Desde que su maestra María, en primer grado de primaria, le pidió que no dejase de participar en el concurso de Español cuando estuviera en cuarto, ha probado suerte en varias asignaturas, hasta que finalmente se enfocó en la Química.

En su preparación han colaborado desde profesores y metodólogos (de todas las enseñanzas que ha cursado), familiares y amigos, hasta Luis y El Guajiro, los bicitaxeros que lo ayudaron con “los viajes a deshora pa’ arriba y pa’ abajo”, y el señor Carlos, que vende libros en el parque Martí, “quien me ha ayudado a obtener mucho material de calidad”.

Su sueño es desarrollar mods de videojuegos, pero es seguro que se mantenga con un pie en la Química. “Le cogí su gustico. Idealmente me encantaría entrenar, dar clases”.

Lauren corriendo una Permanganatometría en la Universidad de La Habana./Foto: Cortesía de Adolfo.

Tres cubanos ocupaban ya la mayoría de los mejores lugares de la XIX Olimpiada Centroamericana y XVII del Caribe de Química: tres platas de las cinco otorgadas.

Solo quedaba el oro. El mejor desempeño.

Entonces, la mencionaron a ella, a Lauren García Ferreira, la única muchacha del equipo cubano.

“Al ingresar en el IPVCE Carlos Marx, conocí a un estudiante concursante de química que me transmitió su pasión y así comencé a estudiar con disciplina y a concursar”, cuenta con esa manera clara, concisa, que delata un carácter decidido y tenaz.

“Desde 10mo grado he participado en los concursos nacionales, obteniendo oro. Además, he competido en la Copa Regional Inter-IPVCE, tanto en 10mo como en 11no, llegando a obtener el mejor resultado de Occidente. A su vez, participé en la TChO (Olimpiada Online de Química vía Telegram), alcanzando el tercer lugar del país en mi grado”.

Al preguntarle sobre su proceso de preparación, confiesa que “no fue nada fácil, porque a lo largo de mi vida como concursante no he disfrutado de la dicha de tener un entrenador en mi provincia. Me preparé en casa a partir del temario de la olimpiada, siguiendo las instrucciones de los entrenadores nacionales. Días antes de la misma, realizamos prácticas en la Facultad de Química de La Habana y exámenes con vistas a la prueba teórica”.

¿Cuál era tu perspectiva ante la Olimpiada?, le pregunto.

“Me preparé con disciplina para ganar. Esa era la única opción”, responde, categórica.

“La premiación fue muy emocionante. Todos lloramos y nos abrazamos, porque sabemos que detrás de esas medallas están todo nuestro esfuerzo, todas las noches estudiando a oscuras, el sacrificio y la dedicación”, concluye Lauren, quien en septiembre comenzará la carrera de Bioquímica y Biología Molecular.

Después de la premiación. Foto: Cortesía de Adolfo.

La gratitud es cosa hermosa. Con gratitud se premian estas líneas. En conjunto, los entrevistados enviaron al menos tres cuartillas de agradecimientos. Aunque no mencionemos sus nombres, léanse aquí padres, amigos, profesores, entrenadores, metodólogos, especialistas, vecinos… Todo el que, de una manera u otra, cultivó conocimiento, dio aliento, ofreció calma a estos muchachos…

Gracias también a ellos, a Carlos, Nathan, Adolfo y Lauren, por demostrar de qué están hechos los cubanos: esa materia dura, valiente, brillante, que ante las dificultades se transforma para seguir arrasando en las olimpiadas del conocimiento humano.

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