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La ciencia en 2023: Retorno a Ítaca

Toni Pradas Bermello
29 diciembre 2023 | 0 |
Recreación artística de Ítaca sobrevolada por un dron.

En toda la historia de la literatura solo se ha escrito una obra. Eso afirman drásticamente los sabihondos. Miles de años después –precisan ellos, intentando suavizar el terrorismo de semejante sentencia–, solo se ha estado perfeccionando, con las mentes y fabulaciones de millones de nuevos escritores, aquellas letras elegidas e inacabables echadas al viento por Homero: Los nuevos, durante la parcela generacional que les toca vivir, hacen sus caprichosos y contemporáneos relatos con dramática gramática, y más que romper, su propuesta realmente consigue continuar, en nuevos escalones, La Ilíada o La Odisea.

Quiere decir que lo resultante entonces, si acaso, son saltos disruptivos –como hizo Cervantes, como fue con Joyce…–, pero la tendencia narrativa no se cortocircuita demasiado con la impuesta por el griego. Se pueden destrozar viejos récords en natación, pero la piscina sigue siendo la misma, parecen decir quienes capitalizan, sin temor al éxito, aquella erudita meditación.

“Dichoso e infortunado, pues naciste para cambiar cosas”, reza una estela ante la estatua de bronce de Homero ante el Templo de Apolo de Delfos, un oráculo que, se chismea, recibió el presuntamente ciego aedo.

Mas, si nada cambió desde entonces, si solo se versionó hasta hoy, la obra literaria más importante realizada en el año 2023, aunque lleve la firma de otros autores, sería justo llamarla –vaya antojo– La Ilíada 178.00.04, o quién sabe –paciencia, lector, lectora: esto apenas comienza– La Odisea +++.

(Suena a tecnología, es cierto, mas, por qué alarmarse si la innovación se hizo verso en aquellas epopeyas, junto a épicas, éticas e historicidades a pulso.

Y si no, qué rayos es el caballo de Epeo, que sirvió para burlar a la amurallada Troya, soberbia carpintería citada primeramente en La Odisea y posteriormente –vaya, parece ser rocosa la tesis de un solo libro a muchas manos– en posteriores obras de otros poetas antiguos como Arctino de Mileto, Lesques, Eurípides y después, con quisquillosos detalles, en la Eneida de Virgilio).

 ¿Acaso en las ciencias puede ocurrir el mismo dilema de la longaniza cronológica? Marque con una cruz su respuesta: si es negativa, esta lectura no le satisfará; si respondió “sí”, póngase el casco de copiloto y continúe siendo parte de nuestra odisea.

Elegir la innovación o el descubrimiento más destacado de determinado año puede resultar bien complejo. Si acaso no tanto como en un test de Rorschach, donde todos vemos murciélagos en las aguatintas. Y es mucho más enmarañado si sabemos que cualquier logro solo es posible después de mucho tiempo –tanto hasta encanecer– de investigaciones gradualmente escaladas y de grandes esfuerzos con no pocos contratiempos incluidos.

De manera que, a vista de cóndor, 2023 puede considerarse un periodo en que científicamente no ocurrió nada descomunal. Sin embargo, contemplado en mosaico con ojos de mosca, pasó de todo, ¡de todo!, en grados superlativamente telúricos.

Ocurrió, podríamos elucubrar, como en aquella secuencia sin fin –en una árida sabana, cuatro millones antes del presente– en la que un hueso fue lanzado por un jubiloso primate, luego de descubrir su uso como arma y vencer en una reyerta entre manadas. La recién estrenada porra ósea ascendió en el aire –nos contó homéricamente Stanley Kubrick en su película 2001: Odisea del espacio (1968)–, y pasó a convertirse, fanfarria de Strauss con Zaratustra mediante, en un ingenio sideral que surcó el cosmos futuro.

Inteligencia artificial: Cerebro de bolsillo

El año 2023 vio dispararse el desarrollo de la Inteligencia Artificial, gracias a haberse logrado desarrollar algoritmos cuánticos que superan significativamente la capacidad de los ordenadores clásicos más potentes. (Foto: Getty Images / iStockphoto)

Si aquel enigmático monolito ortoedro que muestra el filme, negro y con varios metros de altura, motivó cambios en la conducta de los primates y les dio cierto grado de conciencia sobre los recursos disponibles para sobrevivir, hoy la humanidad se inventa arcanos desde la ciencia para añadir, a la suya propia, la llamada inteligencia artificial (IA).

Esta, se ha comprobado, encandila como una suerte de cerebro de bolsillo, aunque muy, muy listo, más que el mejor estudiante de nuestra clase, ese del primer pupitre.

Tan capaz se revela que muchos ya empiezan a temer por si se torna manipulador como el canalla que se sienta en la última fila para escurrirse de la vista del maestro.

Y hay quien se asusta por el impacto que pudiera tener para la propia supervivencia de la especie si la invención se nos fuera de las manos, como si por regalo hubiéramos recibido un caballo de Troya.

Lo único comprobado y cierto es que, por provechosamente veloz y atinada, la IA se mostró como el adelanto más espectacular que durante 2023 aconteció científicamente en nuestra casa-astro, ovalada aún a pesar de los ardores terraplanistas.

Como si se tratara de un nuevo monolito que emitiendo extrañas vibraciones acústicas hemos encontrado enfrente de nuestro refugio, la apuesta por esta tecnología, otrora futurista, ha sido inconmensurable. Caramba, si este no es el mayor progreso del año, al menos ha sido el más llevado y traído por los medios y el más manoseado por cualquier mortal desde su computadora o celular, las más socorridas herramientas de nuestra manada.

Tal nivel de popularización de la IA se debe a aplicaciones informáticas que engullen, sortean e interpretan volúmenes pantagruélicos de datos. Las máquinas procesan y aprenden con vicio de casino y hacen que esta tecnología, además, empiece a desempeñar un papel más importante, a veces decisivo, en diversas industrias, incluidas la atención médica, las finanzas y el transporte.

Ha sido, pues, un año clave para la IA cuántica. Los investigadores han alcanzado un hito crucial al desarrollar algoritmos cuánticos que superan significativamente la capacidad de los ordenadores clásicos más potentes. Así, prometen resolver problemas complejos en áreas como la criptografía, la optimización y la simulación de moléculas, acelerando el progreso científico en una amplia variedad de campos.

Se trata entonces, más que de un invento o logro, de una tendencia de desarrollo que comenzó a andar hace casi 70 años con la definición del término, luego de que Alan Turing, uno de los padres de la informática moderna, diseñara en 1936 una máquina universal que lleva su nombre y que demuestra la viabilidad de un dispositivo físico para implementar cualquier cómputo formalmente definido.

Bien bastaría el ciclo dicho, para no remontarnos hasta la Antigüedad como los literatos sabios con su Homero. No hay exageración. Es que, en lejana fecha, Aristóteles ya había formulado las ideas más básicas de la futura IA, al enunciar un conjunto de reglas que describen una parte del funcionamiento de la mente para obtener conclusiones racionales. Por su parte, Ctesibio de Alejandría había construido la primera máquina autocontrolada, un regulador racional, aunque sin razonamiento, del flujo de agua.

De momento, se espera que la IA adaptativa, esa que puede aprender y adaptarse a nuevas situaciones sin pretender sustituirnos, nos regale en 2024 emocionantes resultados, como lo consiguió durante el año que recién terminó. Algo así como una interminable longaniza en la que el elemento siguiente supera a su antecesor. Una revolución, pues.

Según la proyección para 2024 de la consultora Gartner, esta evolución de evoluciones se reflejará en la adopción de IA y Aprendizaje Automático (Machine Learning, ML), por parte de 60 por ciento de las empresas a escala mundial para realizar sus operaciones.

Impulsadas por los macrodatos o big data, así como por los algoritmos, en su piyamada tecnológica las máquinas automatizarán procesos, mejorarán decisiones y hasta interactuarán con clientes. Consecuentemente, aumentará la productividad global hasta 40 por ciento gracias a la IA integrada, o eso al menos estima el Banco Mundial.

Umbilicado a lo anterior, uno de los desarrollos más emocionantes es la llegada de los primeros ordenadores cuánticos comerciales. Estos sistemas, programados para debutar en 2024, están diseñados para ofrecer capacidades de procesamiento que superarán las actuales en quintillones de veces.

Con esta prometedora tecnología, de golpe y porrazo serán revolucionados varios sectores, entre estos el de finanzas, logística, ciencias de materiales, IA y criptografía. De manera que el avance se pavonea ya como un punto de inflexión, pues redefinirá la forma en que abordamos problemas complejos y desafiantes, y abrirá un nuevo mundo de oportunidades y soluciones.

Pero antes, como quien toma un atajo hacia Ítaca acercándose a la isla de las sirenas y atravesando el peligroso estrecho entre Escila y Caribdis, parece inevitable cruzar la resbaladiza ruta de brechas digitales y sustos con la ética, a veces frágil como hoja de cebolla. Y no es todo: Aún puede pasar como en las películas de terror, en las que cuando ya damos por muerto al psicópata, la mano ensangrentada de este aparece entre los créditos.

Recordemos que desde hace algún tiempo la comunidad científica advierte que las investigaciones basadas en Machine Learning podrían ser erróneas. Es decir, los descubrimientos que se están realizando actualmente utilizan técnicas de aprendizaje automático para el análisis de grandes conjuntos de datos que podrían no ser fiables.

Impulsadas por el big data, los algoritmos y el aprendizaje con Inteligencia Artificial, las máquinas automatizarán procesos, mejorarán decisiones y hasta interactuarán con clientes. Pero no serán confiables del todo hasta que se les generen sistemas capaces de ponerse en duda a sí mismos. (Foto: businessinsider.es)

De acuerdo con la investigadora Genevera Allen, de la estadounidense Universidad Rice, ubicada en Houston, Texas, dichas técnicas ofrecen resultados engañosos. Incluso, completamente erróneos, debido a que se basan en la comprensión únicamente de datos relativos a un conjunto concreto y no al mundo real.

Al parecer, como asegura la científica, la solución para este desafío no es otro por generar sistemas capaces de ponerse en duda a sí mismos. Como mismo hace usted, como hacemos todos los que tenemos una inteligencia humana y sensible.

CRISPR: El editor del software humano

La evaluación de la primera terapia de edición genética CRISPR, diseñada para el tratamiento de la anemia falciforme, una enfermedad genética sanguínea muy dolorosa y mortal, presagia convertir esta tecnología en una herramienta cotidiana en un futuro cercano. (Ilustración artística: Stephen Dixon)

Temida por unos y deseada fervientemente por otros, el avance de la aprobación para aplicar el primer tratamiento de una enfermedad mediante la edición genética CRISPR, se rumora que se convertirá en cosa corriente a partir de 2024.

Sin embargo, no le ha sido fácil a la nueva tecnología imponerse, en gran medida porque las costuras éticas no se ven claramente hilvanadas. De hecho, se pensaba que durante 2023 recibiría su luz verde, pero solo a finales del año es que comenzó a tener un respaldo significativo para que la Agencia estadounidense del medicamento (la FDA, por sus conocidas siglas inglesas) evaluara la primera terapia de edición genética CRISPR (acrónimo inglés que en español se entiende como Repeticiones Palindrómicas Cortas Agrupadas y Regularmente Espaciadas), para el tratamiento de la anemia falciforme, una enfermedad genética sanguínea muy dolorosa y mortal que no dispone hasta la fecha de ningún tratamiento universal efectivo.

Este tipo de anemia provoca que los glóbulos rojos no funcionen como deberían. Por tanto, no transportan el oxígeno apropiadamente desde los pulmones a los tejidos del cuerpo, que utilizan este recurso natural para producir energía. Para colmo, El proceso también genera desechos en forma de dióxido de carbono, que los glóbulos rojos llevan a los pulmones para ser exhalados.

Hasta ahora, el único tratamiento realmente probado ha sido el trasplante de células madre o de médula ósea. Pero en el caso de las células madre, menos de 20 por ciento de los pacientes tienen un donante compatible adecuadamente, al tiempo que los trasplantes son riesgosos, incluso mortales, y pueden no funcionar.

Con suerte, una vez aprobada la aplicación de ese tratamiento –llamado exa-cel y fabricado por Vertex Pharmaceuticals, con sede en Boston, y la empresa suiza CRISPR Therapeutics– sería el primero aprobado por la FDA que utiliza una modificación genética. Luego le esperan unos quince años de seguimiento con lupa a los pacientes.

¿Estaremos comiendo la torta antes de apagar la velita? Probablemente sí, pero tecnológicamente los motivos para tanto optimismo son bien fundados. Como sea, el desarrollo de este concepto innovador, que se ha dado a llamar coloquialmente “tijeras genéticas”, ha sido vertiginoso.

En junio de 2012, Emmanuelle Charpentier, directora de la Unidad Max Planck para la Ciencia de Patógenos, en Berlín (Alemania), y la profesora Jennifer A. Doudna, de la Universidad de California, en Berkeley (Estados Unidos), publicaron el primer artículo que describía los componentes esenciales de los CRISPR-Cas9 y detallaban su utilidad para la edición de genes, logro que les valió en 2020 el Premio Nobel de Química. ¡Menuda velocidad! En el mundo del desarrollo de nuevas terapias médicas, diez años no es demora.

No obstante, como mismo los literatos, que no han hecho más que continuar en nuevos escalones la épica de los relatos troyanos, los biotecnólogos han logrado llegar a la deslumbrante actualidad siguiendo la epopeya iniciada por Francis Crick y James Watson, quienes en 1953 identificaron la estructura molecular del ADN. Años después, en 1987, Yoshizumi Ishino identificó estructuras repetidas en el ADN procariótico.

Francisco Juan Martínez Mojica fue más lejos y acuñó el término CRISPR en 1993. Pero su curiosidad le hizo proponer en 2005 que este constituye un mecanismo de defensa contra ADN foráneo. El camino estaba allanado para que, tres años después, Erik Sontheimer y Luciano Marrafinni identificaran el mecanismo CRISPR como una herramienta de edición de genes y estimularan las carreras de Charpentier y Doudna.

Recordemos que esta técnica de edición genética la utilizan los investigadores para modificar selectivamente el ADN. En el tratamiento particular con exa-cel, se extraen células de la médula ósea del paciente, se edita un gen con CRISPR y luego se reintroducen las células modificadas en el paciente. Estas producen una forma de hemoglobina denominada “fetal”, que restaura la función normal de los glóbulos rojos. Aunque no es una cura definitiva, se espera que el tratamiento logre aliviar los síntomas durante toda la vida del paciente.

Lo que realmente frena el entusiasmo de la celebración, lejos de ser su planteamiento científico, es la polémica en torno a la ética, pues su uso se ensortija en una serie de dilemas que, mal resueltos, romperían la paz con la almohada al dormir. Con este tipo de edición genética, los científicos podrían realizar, sin darse cuenta, cambios en el ADN de un paciente y acabar ocasionándole, por ejemplo, un cáncer. Aunque la técnica ha avanzado mucho desde que se descubrió, sigue habiendo errores, especialmente con la edición en lugares que no era su objetivo operar.

No pocos titulares le han tintado de gris el cielo a CRISPR, relacionados estos con una prolongada y aún no resuelta batalla por patentes y con debates éticos sobre los “bebés de diseño”. El profesor Jacob S. Sherkow, de la estadounidense Facultad de Derecho de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, considera que ello obedece al hecho de que la herramienta es “el avance más importante de la biotecnología en los últimos 40 años” y permite a los científicos, investigadores y desarrolladores editar con precisión el genoma de una célula viva.

De modo que, sin toga celestial ni aureola, apenas en sandalias y jeans, algunos, como se huele Sherkow, podrían “editar el software que hace que estemos vivos”.

Ecumenismo científico contra el cáncer

Los abordajes terapéuticos contra el cáncer apuestan a tecnologías innovadoras como la Inteligencia Artificial, la secuenciación del ADN, la oncología de precisión y otras técnicas para mejorar el tratamiento y el diagnóstico. (Foto: womenshealth.gov)

Como un kamikaze, que anónimamente cumple su función suicida, una frágil e inestable molécula es esencial para la existencia humana. Con denuedo y modestia el ARN (ácido ribonucleico) se encarga de recoger las instrucciones de la vida guardadas en el ADN (en el núcleo de una célula) para transmitir ese código genético hasta los ribosomas, para que estos conviertan las ordenanzas en proteínas que nos permiten respirar, comer, correr o leer. En su labor de “chico de los recados” literalmente nos va la vida.

A diferencia del ADN, que puede sobrevivir días, el ARN solo existe durante horas: fugazmente cumple su misión el mandadero y se desintegra. No hay clemencia ni elegías para él, ni siquiera por ser capaz de curar enfermos mejor que un milagrero. Lo demostró durante la pandemia pasada, cuando fueron lanzadas vacunas contra la Covid-19 basadas en la tecnología de ARN mensajero.

Su arte sanador, explicado con la extensión de un tuit, se basa en el diseño a demanda en el laboratorio de una especie de ARN sintético, que luego se introduce en la célula para que la maquinaria biológica de esta lea las instrucciones entregadas –fabricar una proteína o un trozo de virus, por ejemplo– y empiece a producir la terapéutica deseada.

Uno de los grandes retos de los creadores del fármaco fue, por supuesto, resolver el conflicto existencial del ácido ribonucleico. De ahí que las vacunas de ARN hayan necesitado temperaturas muy frías para mantenerse estable durante mucho tiempo.

A partir de entonces, muchos especialistas vieron alfombrado el camino para experimentar la técnica en otras enfermedades, en particular contra el cáncer, mal que se le antoja a la medicina universal como un enmarañado cubo de Rubik de mil caras y colores.

Para 2023, numerosos centros investigativos se abocaron a la tarea de crear y perfeccionar diversas vacunas y métodos –las anti-covid y las anti-lo-que-fuera–, de la mano del ARN o también de otras tecnologías que se han mostrado muy prometedoras.

Hoy las tendencias tecnológicas echan mano al ecumenismo del más prosperado conocimiento. Para derrotar al cáncer, digamos, y borrar el estigma de ser una de las principales causas de muerte (unos 10 millones de víctimas fatales al año, según la Organización Mundial de la Salud), los abordajes terapéuticos apuestan a tecnologías innovadoras como la inteligencia artificial (IA), la secuenciación del ADN, la oncología de precisión y otras técnicas para mejorar el tratamiento y el diagnóstico, mientras el dedo francotirador encañona a los más comunes tipos de cáncer: de mama, pulmón y colon.

Predicción, precisión, información

A manera de brújula, un artículo publicado recientemente por el Centro para la Cuarta Revolución Industrial de la India, en colaboración con el Foro Económico Mundial, indica ocho avances logrados en la lucha contra esta enfermedad.

Han citado en primer lugar, el pinchazo de siete minutos utilizado por el Servicio Nacional de Salud (NHS) de Inglaterra para administrar un medicamento contra cánceres como el de pulmón y mama. De tal suerte, la rutina actual, de hasta una hora para recibir el mismo fármaco mediante infusión intravenosa, estaría viviendo sus últimos días de gloria.  

Por su parte, los especialistas tienen mucha simpatía por la llamada oncología de precisión. Su enfoque es el estudio de la composición genética y las características moleculares de los tumores cancerosos de cada paciente. Así, identifica cambios en las células que podrían estar causando el crecimiento y la propagación del mal, información que es útil para desarrollar tratamientos personalizados. Dado que los tratamientos oncológicos de precisión son específicos –a diferencia de los generales, como la quimioterapia–, pueden dañar menos las células sanas y tener pocos efectos secundarios.

La inteligencia IA, como en casi todo lo concerniente a lo humano –y quién sabe si a lo divino–, también se ha subido al carro de combate contra el cáncer. Junto con el aprendizaje automático busca transformar la atención oncológica. Sirvan de ejemplo los perfiles de riesgo basados en IA, que pueden ayudar a detectar cánceres comunes como el de mama y, por ende, permitir un diagnóstico precoz. Esta tecnología también puede utilizarse para analizar radiografías con el fin de identificar cánceres en localidades donde los expertos en diagnóstico por imagen podrían no estar disponibles.

Otro de los avances resumidos persigue una mayor capacidad de predicción. Se sabe que es muy difícil detectar las primeras fases de la enfermedad solo con radiografías y escáneres. Sin embargo, científicos del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) en Cambridge, Estados Unidos, han desarrollado un modelo de aprendizaje de IA para predecir la probabilidad de que una persona desarrolle cáncer de pulmón con hasta seis años de antelación mediante una tomografía computarizada de baja dosis.

En otro Cambridge, este el de Inglaterra, sus Hospitales Universitarios buscan pistas en el ADN de los tumores cancerosos de miles de pacientes, las cuales se van revelando y muestran a los científicos las causas del proceso descontrolado en la división de las células del cuerpo. Los datos genómicos han permitido a los oncólogos identificar distintas mutaciones que han contribuido al cáncer de cada persona. Por ejemplo, la exposición al tabaco o a la luz ultravioleta, o fallos internos en las células. Son como “huellas dactilares en una escena del crimen”, dicen, y cada vez se encuentran más.

Otro avance destacado se da en las biopsias líquidas y sintéticas, una solución más sencilla y menos invasiva que permite analizar muestras de sangre a fin de detectar signos de cáncer. El método tradicional –las biopsias son la principal forma que tienen los médicos de diagnosticar el cáncer– implica extraer una porción de tejido del cuerpo, a veces quirúrgicamente, para examinarla en un laboratorio. Por su parte, las nuevas biopsias permiten revelar células cancerosas durante las primeras fases de la enfermedad.

Recientemente se ha declarado un éxito para los pacientes con leucemia, un tratamiento que hace que las células inmunitarias persigan y eliminen las células cancerosas, como si de policías encubiertos y ladrones descubiertos fuera el tema. El tratamiento, denominado terapia de células T con receptores quiméricos de antígenos (CAR-T), consiste en extraer y alterar genéticamente células inmunitarias, las nombradas T, de pacientes con cáncer. Ya modificadas, producen proteínas llamadas receptores quiméricos de antígenos (CAR), que reconocen y pueden destruir las células cancerosas.

Por último, ya se considera promisoria la lucha contra el cáncer de páncreas, que es uno de los más mortíferos (la tasa de supervivencia es inferior a 5% en cinco años) y rara vez se diagnostica antes de que empiece a extenderse.

Según la investigación desarrollada en la Facultad de Medicina de la Universidad de California en San Diego y publicada en Nature Communications Medicine, los científicos hicieron una prueba que permitió identificar el 95 por ciento de los cánceres de páncreas incipientes (estadios I y II), así como de ovario y vejiga. Para ello se utilizaron biomarcadores en vesículas extracelulares –partículas que regulan la comunicación entre células. Estamos viviendo entonces una nueva estrategia en la guerra contra las neoplasias y metástasis, en la que a la artillería química y biotecnológica se le une un nuevo arsenal tecnológico para ampliar la predicción, la precisión y obtener mejor información.

Hacia el futuro, a hurtadillas

El año que despedimos vio cómo algunas líneas de investigación, ya priorizadas durante el período, finalmente se enraizaron en las metas de la sociedad. Hoy son sólidas tendencias científicas en busca del desarrollo de la sociedad moderna.

De tal suerte, esas líneas inevitablemente acrecentarán su atención durante los próximos años y su continuidad no parece detenerse. Es decir, se antoja que ya estamos pisando los bordes del futuro, aunque todavía cabalguemos sobre los corceles del presente.

La vanguardia tecnológica nunca deja de sorprendernos y, en todo caso, solo aliviamos el impacto de sus sustos cuando tenemos bien identificadas esas tendencias.

Cada cierto tiempo, numerosas empresas internacionales suelen brindarnos informes sobre tales prioridades. Podríamos asegurar quese han mantenido estables y firmes en sus propósitos durante los últimos años y, lo que es más interesante, cada vez se interconectan más entre sí. Interpretemos entonces que la ciencia está apostando por una evolución “programada” y si una tecnología se adelantase a otra interdependiente, casi seguro que debe esperar y aupar a la que requiere particulares esfuerzos para su avance.

Con esta entrega, JT se ha propuesto ofrecer ordenada y resumidamente las tendencias tecnológicas más significativas y vanguardistas consensuadas, esas que están modelando el porvenir y que, podríamos decir sin temor alguno, en el año 2023 se hicieron irreversibles.

Inteligencia artificial (IA) aplicada:

Inteligencia Artificial aplicada (infaimon.com)

Alguna vez nos pareció una palabra de moda. Hoy no solo es un hecho, sino una fuerza transformadora en sectores que van desde la salud hasta la manufactura. El crecimiento e impacto de la IA durante el período en cuestión, puede encontrarse abordado en el texto que abre nuestro dossier.

Industrialización del aprendizaje automático:

Industrialización del aprendizaje automático (atriainnovation.com)

Dicho sin tartamudear, no es otra cosa que la manera en que las ciencias de la computación y una rama de la IA desarrollan técnicas que permiten que las computadoras “aprendan” mediante algoritmos y el uso de datos. De modo que el término Machine Learning (ML, aprendizaje de las máquinas) cada vez nos es más familiar. A medida que las empresas integran más el ML en sus operaciones, su capacidad para impulsar la eficiencia y la innovación es evidente y su evolución hacia un motor industrial cobra más protagonismo.

IA generativa:

Inteligencia Artificial generativa (asmen.es)

Ha empezado a cristalizar el siguiente paso en la evolución de la IA, ese que a las máquinas permite, usando modelos de aprendizaje automático, generar contenidos (ideas y asuntos nuevos, como conversaciones, historias, imágenes, videos y música) a partir de los ya existentes, en lugar de simplemente procesar y analizar información. Esto tiene implicaciones significativas para campos creativos y la automatización. Lo saben bien Los Beatles, que burlaron el tiempo y la metafísica para –y únicamente gracias a la IA– nuevamente grabar “juntos” la última canción original de su leyenda.

Futuro de la movilidad:

Futuro de la movilidad (acoc.es)

Innovaciones como los vehículos autónomos y la infraestructura inteligente están provocando una revolución en el transporte.

Futuro de la bioingeniería:

Futuro de la bioingeniería (hospitecnia.com)

Desde la medicina personalizada hasta la biología sintética, el potencial de esta tendencia es incalculable.

Futuro de las tecnologías espaciales:

Futuro de las tecnologías espaciales (Think Orbital / Omicrono)

Esta frontera se expande más allá de las limitaciones tradicionales, generando nuevas oportunidades. El año 2023 no solo ha sido prolijo en la exploración más lejana y el descubrimiento de nuevos planetas y confines; también vio afinar las tecnologías que prometen una significativa colonización de la Luna.

Desarrollo de software de última generación:

Desarrollo de software de última generación (mycomputerpro.com)

Qué decir, sino que su panorama evoluciona rápidamente, de ahí la alerta para mantenerse actualizado con las últimas tendencias de software para mantener una ventaja competitiva.

Arquitecturas de confianza e identidad digital:

Arquitecturas de confianza e identidad digital (cloudmasters.es)

La ciberseguridad y los sistemas de identidad sólidos no son temas de segunda importancia.

Web 3.0:

(Computerhoy.com)

También conocida como Red de valor, es el nombre colectivo de una serie de tecnologías de nueva generación, llamada a transformar la forma en que las personas interactúan, intercambian y colaboran en Internet. Su visión de futuro revela una web descentralizada y personalizada en el usuario, con un gran potencial transformador e impacto en la propiedad de datos y la privacidad, pues se apoya en infraestructuras blockchain, monedas digitales y token no fungibles (NFT) para devolver a los particulares el control de sus activos digitales.

Si en sus inicios la web servía solo como sistema de información de lectura, la Web 2.0 llegó para que los usuarios interactuaran con los contenidos e, incluso, los crearan ellos mismos. El siguiente paso, aún en pañales, permitirá crear webs más inteligentes, conectadas y abiertas. Vale apuntar que es la Web 3.0 la que está generando altos niveles de inversión, ocho veces más que las inversiones en tecnologías espaciales.

Electrificación y energías renovables:

Electrificación y energías renovables (invdes.com.mx)

Gana mayor protagonismo la transición hacia la energía sostenible y empieza a ser crucial en el cambio global hacia fuentes de energía más limpias. Y va más allá, pues explora tecnologías que combaten el cambio climático y abordan desafíos ambientales.

Conectividad avanzada:

Conectividad avanzada (infochannel.info)

La conectividad avanzada y fluida sustenta el progreso tecnológico. Hablamos del futuro, sí, pero el espectro tecnológico cubierto desde la 5G hasta el Internet de las Cosas (IoT) se nos hace más común.

Tecnologías de realidad inmersiva:

Tecnologías de realidad inmersiva (Unsplash-Bermix Studio)

Las realidades virtual y aumentada están redefiniendo las experiencias. Lo que en principio ganó simpatías con los videojuegos, las aplicaciones potenciales se han desbordado hacia diversos sectores.

Computación en la nube y edge computing:

Computación en la nube y edge computing (paravisual.com)

Para facilitar el procesamiento y almacenamiento de datos en un mundo distribuido, cada vez es más relevante la computación en la nube (uso de una red de servidores remotos conectados a Internet para almacenar, administrar y procesar datos, servidores, bases de datos, redes y software) y el edge computing o computación en el borde (los datos del IoT son procesados en la periferia de la red, en la misma fuente que los genera o tan cerca de ella como sea posible).

Tecnologías cuánticas:

Tecnologías cuánticas (syntonize.com)

Saltos cuánticos en la tecnología están ante nuestras pupilas, gracias a la unión de aspectos de las ciencias de la computación, la física y las matemáticas, y utiliza mecánicas cuánticas para resolver problemas complejos más rápido que las computadoras clásicas. Cinco áreas ganan en protagonismo: la IA, la transformación digital, la computación y conectividad fronterizas, la ingeniería de vanguardia para la sostenibilidad y el mapeo basado en puntuaciones de innovación e interés.

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