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Una bala en la recámara (Editorial) 

Redacción JT
07 enero 2024 | 0 |
El planeta en la recámara de una pistola. Estilo pictórico surrealista

Ilustración: generada por Bing

Entre la testarudez y el encogimiento de hombros concluyó 2023, uno de esos años que provocará gran perplejidad – por raro, por contradictorio– en los investigadores de la verdad verdadera en el futuro.

Suponíamos que este sería un tiempo de recuperación económica y crecimiento espiritual del planeta (algunas estadísticas titubean al afirmar que así es), tras una devastadora epidemia mundial resistente a balas de plata. Los más optimistas hasta soñaron con mayor solidaridad.

Sin embargo, como si nada se hubiera aprendido, el empeño ha sido regresar al día previo al batacazo, rearmar un pasado de pixelado esplendor. Pero hay fragmentos que no encajan en su lugar al reconstruir la vasija astillada; y el pegamento, en verdad, no se nota duradero.

Los esfuerzos por salvar vidas durante la enfermedad poco valieron si con facilidad se olvida después la razón de la existencia humana misma. ¿Será cierto lo que se dice, que la heroicidad es circunstancial y breve, y que no tiene valor si no es publicitada o si se dilata en el tiempo?

Hoy, de vuelta al mundo real, parece haberse retomado con nuevos bríos la tradicional indiferencia hacia la necesidad de paz. La guerra, sabemos, inevitablemente se nutre con vidas, aunque solo reconozca como fin, a secas, la destrucción. Incluso, si aquella fuera moralmente lo “normal”, sorprende ver la decadencia de este momento en que hasta los patrimonios culturales de los pueblos se encuentran entre los objetivos primeros a arruinar, algo que sonrojaría al mismísimo Alejandro Magno. No le es suficiente la carne humana a la guerra; necesita también comer el alma.

Con tales pesadillas, con la muerte pisando los talones, asombra que las naciones aún tengan fuerzas para retomar el tema del medio ambiente. Por suerte, durante las últimas tres décadas ha ido cristalizándose una racional conciencia sobre la urgencia de salvar el planeta afiebrado. Su aumentado calor, casi nadie duda, es tan letal como las bombas localmente precisas.

Que sea más lento su efecto –y por ende, agonizante como baño de María– es una oportunidad para recrear, si se trabaja mancomunadamente, un planeta refugio de toda la especie, con la excepción, claro está, de las víctimas del fuego de artillería. La distancia geográfica, ideológica y cultural las hace ajenas a la vista de no pocas naciones, adalides, algunas, de la transformación tecnológica salvadora en la epopeya ambientalista.

Que, por guerras, esos propios gobiernos hayan decidido posponer o ralentizar el impulso transformador, renunciando a metas relacionadas con el cambio de estilos de vida basados en matrices energéticas contaminadoras, tendrá, por supuesto, un corolario negativo insospechado.

Y no solo por crecer el volumen de su polución (son los estados más industrializados y de mayor emisión de gases de efecto invernadero, así como los mayores acumuladores durante el último siglo). Si hoy lideran la innovación en tecnologías limpias, en lo inmediato difícilmente encuentren todos los incentivos y motivaciones para esa investigación.

Devuelto el amor generalizado al petróleo, incluso al carbón, en 2023 la comunidad internacional, a contrapelo, retomó sus esperanzas en construir un ambiente sostenible, si bien no puede aspirar a un mundo sin guerras. La pasada Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, COP28, celebrada en Dubái, espueleó un consenso en torno a los combustibles fósiles, bordando un acuerdo para decirles adiós, aunque este proceso se haga a diferentes velocidades según cada nación.

No es poco lo logrado. Nunca antes en una COP, y justo en una sede ubicada en un país productor de petróleo, de forma directa se habla de reducir no solo el consumo, sino también la producción de combustibles fósiles; de manera justa, ordenada y equitativa, a fin de alcanzar el objetivo de cero emisiones netas antes de 2050 o en torno a esa fecha, a tenor con los conocimientos científicos que se tengan.

Paradójicamente, mientras se aboga por la descarbonización del planeta, también se negocian grandes contratos de petróleo y gas natural. De hecho, en la COP28, los países productores de petróleo se opusieron al avance en la sustitución de los combustibles fósiles. Vamos… es casi imposible no encogerse de hombros.

“En todo caso, la participación de unas 70 mil personas en la cumbre medioambiental consiguió tener resultados esperanzadores. Por primera vez se aprobó el Fondo de Pérdidas y Daños por el cambio climático, aunque no de manera completa. Asimismo, se acordó triplicar el uso de las fuentes de energía renovables, cortar las emisiones de metano y reducir las generadas por el transporte, eliminar los subsidios a las energías fósiles y adoptar medidas de mitigación de daños en los campos de la alimentación y el uso del suelo.”

Mas es difícil dormir tranquilos, como nos prometen: Siempre nos apunta, al menos, una bala en la recámara.

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